La navidad me produce ambivalencia afectiva.

Por un lado me encanta y estoy deseando que llegue y me anticipo emocionalmente a todos esos momentos de compartir y ver a la familia y amigos, sobre todo a los que están lejos y vuelven a casa en estas fechas, como el turrón. O en mi caso los polvorones, que es el dulce que verdaderamente me gusta.
Es además una época muy intensa con el pequeño de la casa, que vive maravillado por todo lo que sucede a su alrededor, en un estado de excitación continuo y alerta, creyendo que Papá Noel puede aparecer en cualquier sitio y sin avisar.

Por otra parte me encuentro, más a menudo de lo que me gustaría, deseando que el simulacro de amor y paz se termine para poder volver a mi rutina alimenticia con muchas verduras y a la calma de no intentar que todo el mundo sea feliz.
Me devano los sesos intentando encontrar regalos originales, que hagan felices a los que me rodean, que cumplan con sus expectativas y, si es posible, además echándoles una mano con sus propias compras.

Me vuelvo consumista culpable y sin tiempo, empachada, cansada y malhumorada, gruñona… todo aderezado con villancicos en bucle, que no me puedo quitar de la cabeza. La Navidad saca lo mejor y lo peor de mi, todo a la vez, y me resulta muy confuso.

En resumen, la navidad me estresa.

Y quien más se resiente es mi pobre marido, al que esta época siempre le pilla sin preparar y deja patente que su calma y relajación colisionan con mi vorágine festiva y controladora y levantan ampollas de conciliación.

Porque cuando hablamos de conciliación familiar y laboral la mayoría de veces se culpa a la empresa, a la sociedad, al gobierno y sus ayudas y siempre nos olvidamos de mirar hacia nosotros mismos, porque la conciliación empieza por cada uno de nosotros. Por compartirlo todo y no depurar responsabilidades.
Conciliar empieza en casa, en no dejarle al otro determinadas tareas porque se le dan mejor para terminar haciendo de ellas una rutina.

Conciliar, a veces también, se trata de saber decir que no a echar una mano con los regalos y terminar dándoles a los demás tus mejores ideas sabiendo, que irremediablemente, terminarás saliendo el día 5 de enero a tratar de salvar la papeleta. Conciliar es poder disfrutar las fiestas, no sufrirlas.

Conciliar, en la mayoría de casos, es mirar al otro y pararse a pensar qué necesita y si está en nuestra mano, para hacer que la maquinaria vuelva a funcionar. Conciliar es ser responsables en la toma de decisiones.

Conciliar no es tener controlados a los 6 conejos, el gato transparente de Chesire, la niña que crece y mengua, el nuevo trabajo en palacio de tu marido y todas la tareas del hogar como hace La esposa del conejo blanco, con el que tan identificada me siento a veces.
Con sus 100 maneras de preparar las zanahorias y sus 200 preocupaciones ella no concilia y su historia, imaginativa, nos permite echar un vistazo detrás de bambalinas y descubrir ¿porqué llegaba siempre tarde el conejo blanco?

Las ilustraciones son dignas del país de las maravillas y cada uno de los miles de detalles que contienen arrancará una sonrisa al lector y lo que es más importante ¿quién se sentirá identificado?

Un libro para padres y madres con sentido del humor, con uno o seis hijos, con y sin gato e inquilinos inesperados. Un  libro para padres que trabajan mucho y van siempre corriendo y para madres que no hayan olvidado del todo sus sueños. Un libro para leer, sonreír y, por supuesto, aprender a conciliar.

Título – La esposa del conejo blanco

Autor – Gilles Bachelet

Editorial – Adriana Hidalgo

Año – 2016