Ya hace un par de semanas que hasta el folleto online del supermercado me habla de amor.

Hoy es una de las fechas más famosas del calendario y sus partidarios y detractores llevan días dividiéndose en férreas líneas de batalla mientras van preparando su munición verbal, salpicada de defensa del amor y los corazones los de un bando y de acusaciones de consumismo desenfrenado los del otro.

Si nos fijamos objetivamente, nos bombardean con publicidad para el 14 de febrero en todos los ámbitos, díselo con flores, con libros, con música, con ropa interior de encaje, con un perfume, con una cena, una escapada romántica, chocolate o incluso electrodomésticos y videojuegos de guerra, que no a todos nos gusta lo mismo y a cada uno se le llega al corazón de una manera diferente, claro que sí.

Y luego, por supuesto nos encontramos los sub-eslóganes: Díselo desde la igualdad, desde el respeto, no esperes a que él te lo diga y da el paso tú, regalaos algo los dos, pero eso sí, regalad, comprad o en su defecto el ya tan manido “do it yourself”.
Y digo yo que cada uno podrá celebrar lo que quiera, como quiera, si es que quiere. Y si además se aventura a regalar una batidora, bienvenido sea.

Siendo completamente sincera  San Valentín es el día en que menos me apetece querer.

Porque lo complicado es quererse todos los días, hasta cuando nos viene mal, cuando no has descansado lo suficiente, o tienes demasiado trabajo y te agobias, cuando te ha dicho algo que no te ha terminado de gustar o no os habéis entendido correctamente.
Lo complicado es quererse cuando os caéis mal y esos son los días en los que más hay que quererse.

Lo complicado es querer en esos días en que uno no se quiere ni a sí mismo y no tiene ganas de hablar con nadie y hay veces que se quiere más y mejor con un arroz caldoso o una hamburguesa de alguna cadena de comida rápida que con ostras y cava en el restaurante más lujoso del planeta.

Y quererse mucho es reconocer en los ojos, gestos o incluso en los silencios del otro los síntomas de necesitar un abrazo o un beso o un buen plato de patatas fritas en mi caso. Que a mí siempre se me ha ganado por el estómago y la literatura, ¡qué le vamos a hacer!.

Sin embargo en esta celebración hago una excepción con los corazones, hechos con pintura de dedos en clase, que me regala mi pequeño vástago y le doy besos de todos los colores para agradecerle que todavía piense en mamá cuando hace regalos en esta fecha, y él se ríe porque sabe ¿De qué color es un beso?.

Y esta noche releeremos este libro maravilloso, que nos tiene enamorados desde que nos lo regalaron, porque el texto es sencillo, divertido y fluido, lleno de cosas cotidianas como ir en bici o regar las plantas, y las ilustraciones son preciosas y dulces, e iremos enumerando cada uno de los colores que conocemos y las cosas que nos encantan y las que no nos gustan tanto, por ejemplo las verduras, hasta que encontremos el color que mejor representa a los besos, para poder dibujarlos.

Un libro que no deberíais dejar pasar, quizá podáis regalárselo hoy a la persona que queréis si andáis faltos de ideas de ultima hora, ya que no solo los niños buscan el color de los besos y no hay nada mejor que regalar besos y literatura en un día como hoy.

Título – ¿De qué color es un beso?
Autor – Rocío Bonilla
Editorial – Algar Editorial
Año – 2018