Hace algún tiempo que dejé de interesarme por las noticias. La prensa, radio y televisión me resultan completamente ajenos a la hora de informarme sobre el estado del mundo.

Me da igual. No me interesa.

Me aburre, deprime, asusta, horroriza y provoca repulsa a partes iguales.

Leo noticias en Twitter pero de pasada, no es la herramienta que utilizo para informarme tampoco. De hecho intento no informarme excepto cuando algún titular capta mi atención y es entonces cuando me lanzo a averiguar qué le está pasando al mundo.

Soy la que pone cara de higo cuando se habla de política, panorama internacional y aún me interesa menos si cabe el fútbol o la prensa del corazón.
Huyo de las noticias compartidas en Facebook y huyo específicamente de todo lo que comparten algunos de mis contactos mientras me pregunto por qué narices aún no los he borrado.

Me mantengo al día de las novedades editoriales, leo artículos científicos y de divulgación sobre literatura y autores, trato de estar al día sobre el panorama cultural en cuanto a estrenos de cine, series, exposiciones y conciertos. Suelo ser la última de mi “timeline” en enterarme cuando hay algún aniversario literario o si, por desgracia, fallece algún autor reconocido en literatura mundial o patria.

He de reconocer que supone un esfuerzo considerable, e incluso sobrehumano a veces, estar enterado de estas noticias mientras esquivo  las otras, las que he mencionado anteriormente, sobre todo el maldito fútbol, que nos lo meten por los ojos y oídos hasta cuando no queremos.

La política me aburre, mismos perros con distintos collares es la expresión que viene a mi mente cuando pienso en el panorama político nacional y el local hace que se me ericen los pelos de la nuca. He de admitir, sin embargo, haberme ilusionado un par de veces en el pasado pensando que el cambio era posible para estrellarme cara a cara con la realidad de este país.

Y huyo, como huyen los gatos del agua, de cualquier noticia que se pueda enmarcar bajo la categoría de suceso. Sobre todo de las que acaparan la atención mediática.
Huyo del morbo y del sensacionalismo, huyo con el estómago encogido y la garganta llena de bilis y me enfado cuando mi círculo cercano se convierte en partícipe del pan y circo que tan a la orden del día están en España.
Me avergüenza pertenecer a un país que hace programas de seguimiento de 24h al día sobre la desgracia ajena simplemente por el placer de aumentar la audiencia, en lugar de respetar el dolor de sus congéneres.

Y sobre todo me asustan muchas de esas noticias y cómo reflejan una sociedad enferma, que se regodea en la violencia que comete y que permite cometer.
Sórdida, oscura, agresiva y completamente inmunizada al odio, es una sociedad decadente y degenerativa que no se conmueve ante el sufrimiento ajeno, que se cuelga de programas que cubren el drama ajeno desde la estulticia y el desconocimiento.

Y mientras huyo tropiezo por segunda vez en la misma piedra porque caigo en las garras de la literatura, que tiene Todo lo mejor para definir esta locura de sociedad y de medios de información.
Y digo que tropiezo por segunda vez porque cada vez que César Pérez Gellida escribe un libro hace que este sea un espejo en el que se refleja todo lo que está mal en nuestra realidad y ya me pasó con Memento Mori.

Estaba embarazada cuando el vallisoletano se coló entre los regalos de navidad de mi padrino, que tiene un ojo especial para regalarme literatura que me engancha, no en un solo libro sino en trilogías, heptalogías, sagas y autores.

Y le odié, profundamente, como sólo se odia las cosas que te hieren por dentro.

Tuve que abandonar el libro, del que me costaba despegar los ojos pese a lo horrorizada que me encontraba navegando dentro de la mente de un asesino en serie, fascinada pero con dolor de entrañas. Y lo aparqué durante un par de años, y culpo a las hormonas y al embarazo por volverme una blanducha sensible, ya que cuando lo retomé devoré no sólo ese sino los dos siguientes de esa trilogía, la segunda trilogía y las dos novelas sueltas.

Y lo odié porque siempre he pensado que, si algún día me decido a escribir un libro, lo haría a la manera de Memento Mori, con su propia banda sonora encabezando los capítulos y como hilo conductor de la historia. Puede que él no haya sido el primero en escribirlo así, sólo ha sido el primero en hacerlo entre los autores que yo leo. Y le odio por ello, igual que le admiro.

Así que con Todo lo mejor me he dedicado a bailar un vals invisible, lo miraba en los escaparates, lo añadí al final de la carta de reyes así un poco con la letra pequeña y un día me pillo desprevenida y caí en sus garras. Y el viaje al Berlín de 1980, con su muro y su guerra fría y sus espías ha sido un baile maravilloso, pero demasiado corto.

Corto, oscuro, frío, violento y asombrosamente escalofriante cuando lo más profundo de la maldad humana te mira a los ojos sin pestañear desde el fondo de esta novela. Y maravillosamente bien escrito y con un léxico culto que no estamos acostumbrados a encontrar en un súper ventas de esta categoría. Concedámosle a César lo que es suyo.

Título – Todo lo mejor
Autor – César Pérez Gellida
Editorial – Suma de Letras
Año – 2018
Título – Memento Mori
Autor – César Pérez Gellida
Editorial – Suma de Letras
Año – 2013