No se decir que no.

En general, en mi vida, soy capaz de adquirir los compromisos más peregrinos y de complicarme la vida hasta límites insospechados para llegar a todo, y a todos y echar una mano con aquello que se me pida, en lugar de decir que no.

Ayudar con CVs, búsquedas de trabajo y / o empleados, conectar gente con intereses comunes, hacer recados raros, prestar cosas que en realidad no querría dejarle a nadie, abrir infinidad de veces las cajas de ropa de bebé del pequeño vástago, adelantar dinero para compras de entradas de eventos incluso cuando no me viene bien, hacer disfraces de niños que no son míos, cambiar horarios de trabajo y un largo eccétera de favores, incluso descabellados, por los que, a menudo, no obtengo ni un somero “gracias“.

Ni que decir tiene que, cuando necesito yo un favor, en general no sucede a la inversa, así que la decepción es doble, la de haberme esforzado más de lo que dicta el sentido común y la de no recibir el mismo trato a cambio. 

Es curioso como, por el contrario, NO es una de las primeras palabras que aprenden a decir los niños, con una ligereza asombrosa.
No a irse a dormir, no a comer verduras y no a ducharse, siendo esta última una de mis favoritas si se tiene en cuenta que no quieren entrar en la bañera y cuando, por fín, los pones a remojo, entonces no quieren salir. Paradojas de la vida.

Así que mientras busco mecanismos que me permitan decir que no con tranquilidad de espíritu, ya que, además de costarme horrores decirlo luego me siento culpable de haberme negado a ayudar al prójimo, al mismo tiempo tengo que convencerle de que está bien probar cosas nuevas y comida nueva, hay que ayudar a quien nos lo pide y sobre todo que existe la belleza en el acto de compartir.

Porque, ¿a quién queremos engañar?, compartir “no mola” según él, pero hay que hacerlo según sus padres, y entramos en la batalla en bucle del no, no y…

¡No!

Como el nombre del perro que todo lo hace por tener contenta a su familia, probar la comida para asegurarse de que está buena, ayudarles a recoger la ropa limpia, arreglar el jardín y ellos tan contentos llamándolo muy fuerte ¡no!, ¡noooooo!

¿o no?

Una historia que leímos con la intención de aprender el verdadero significado de esta palabra pero que nos hace revolcarnos a carcajadas al darnos cuenta de que el protagonista, inocente, no entiende su significado.

Un libro tierno cargado de fina ironía del que hemos aprendido que hay conceptos complicados para los niños e incluso para los animales y a veces hay que explicarlos con más calma y menos volumen, pero que también nos ha enseñado que las palabras, a veces, se gastan de usarlas demasiado y pierden su significado.

Y otras veces lo pierden al usarlas demasiado poco, ¿no?

Título – ¡No!
Autor – Marta Altés
Editorial – Thule Ediciones
Año – 2012