Han sucedido muchas cosas en las últimas semanas, algunas importantes y otras típicas de la rutina del día a día pero unas y otras me han mantenido alejada del teclado más de lo que me hubiera gustado. Aunque no de los libros ni la lectura, no os preocupéis, eso nunca.

A veces es complicado escribir, el ánimo o el tiempo disponibles no acompañan y la inspiración no se puede forzar, algo que me sucedió el día de la poesía, cuando entré en una librería con la firme intención de comprar un libro (de poesía) que llevaba tiempo queriendo tener y, sin embargo, salí de allí con un libro de relatos.
Previamente había visitado la biblioteca con la clara intención de coger en préstamo ese famoso libro de poesía y en cambio cargué, con un montón de libros infantiles que, a pesar de mis intenciones, no me han inspirado para escribir tampoco.
Las musas estaban empeñadas en huirme.

Por otro lado ha habido dos eventos que me han marcado significativamente en el último mes y la alegría y la tristeza se entremezclan. Una pareja de amigos ha perdido a una perrita, se escapó y todavía no la han encontrado, de ahí la tristeza.
Tristeza pero también el orgullo de pertenecer a un grupo de amigos que no ha dudado ni por un instante en lanzarse a ayudar a aquellos que nos necesitaban, sin cuestionar lo complicado de la tarea, o el horario intempestivo, poniendo nuestras realidades en pausa para pegar carteles, recorrer zonas por donde ha sido vista, e incluso acudir a una llamada en horario laboral por estar más cerca, porque eso es lo que hace la familia y ellos forman parte de la familia que se elige.

El segundo, más trivial, sucedió el pasado sábado a última hora de la tarde, cuando al llegar a casa nos encontramos un oso de peluche amarillo, de tamaño mediano, sentado en el felpudo esperándonos.
Ni corto ni perezoso el pequeño de la casa argumentó que no se podía quedar fuera, puesto que iba a llorar mucho, solito, toda la noche. Y confiando en su suerte insistía para ponerle un pijama y darle sopa.
Al final negociamos una tregua en la adopción total, y enfundados en nuestros pijamas recorrimos una a una todas las puertas de nuestra escalera para ver si alguien reconocía al pobre oso sin techo, no fuese a ser que se hubiese extraviado y ya andábamos planeando el texto de la nota que pegaríamos a la mañana siguiente en el ascensor.
Fue al quinto timbre cuando averiguamos que era un regalo, un oso de su color favorito que podía adoptar formalmente, vestir con pijama, atiborrar de sopa y querer para siempre. Adopción que se corroboró con besos, abrazos y gritos y saltos de alegría en el rellano.

Dos eventos de lo más dispares para los que, entre líneas, encuentro un hilo argumental similar: La bondad.

Buenos amigos y buenos vecinos, gente que desinteresadamente busca lograr la felicidad del que tiene al lado con un pequeño gesto, y si la felicidad no es posible, quizá aliviar un poco la pena.

Bondad que llama la atención por lo inusual, bondad que a menudo se confunde con inocencia o incluso con ingenuidad y que tan raramente se considera un rasgo a destacar de alguien, a no ser que venga acompañada del ya famoso “es tan bueno que parece tonto”.
Y es que a veces deseamos para los que queremos que esa bondad venga al menos acompañada de un poco de picardía, para que no se aprovechen del ellos o de uno mismo, porque la bondad en si misma siempre está amenazada por algún tipo de depredador.

Y si no que se lo digan al sobrino de El Lobo Feroz, que es tan bueno buenísimo que tiene a su madre súper preocupada, ¡qué van a decir de la familia!, ¡menuda vergüenza!, ¡si hasta ha ayudado a una señora a cruzar
la calle!…
Nada que Feroz no pueda solucionar dándole unas clases de ferocidad a su sobrino, que nadie sabe más de ser Feroz que él y nadie está más preparado que él para acabar con esta tendencia a la bondad de Lobito.
pero nada sale según lo esperado y por muy fuerte que sean su aullido o su soplido el protagonista de Feliz Feroz no parece acertar poniendo en práctica su maldad, dando pie a situaciones que se salen del argumento clásico de aquellos cuentos que protagoniza su estirpe para dar paso a episodios hilarantes.

Hoy se celebran dos onomásticas muy importantes, una muy famosa, ya que tal día como hoy nació Hans Christian Andersen, considerado el primer autor clásico para niños y en su honor el 2 de abril es conocido como el día del libro infantil y, otra más importante para mí, si cabe, el cumpleaños de mi sobrino.

Mi sobrino, que podría haber nacido cualquiera de los 365 días del año pero me hizo tía el día del libro infantil, mi sobrino tan bueno que, de protagonizar un libro, sería el lobito de Feliz Feroz, mi sobrino, primer receptor de regalos en forma de libro desde antes de tener edad de sostenerlos, mi sobrino, el primer niño que se sentó en mis rodillas para escucharme leer en voz alta.

Mi sobrino, futuro lector.

¡Feliz día del libro infantil!

Título – Feliz Feroz
Autor – El Hematocrítico
Editorial – Anaya Infantil y Juvenil
Año – 2014