Llueve en gran parte de España y yo he dormido poco.

Empiezo el día muy temprano entrando a una librería a las 6 y media de la mañana, porque los días como hoy hay que celebrarlos leyendo, visitando librerías y disfrutando de la página escrita en todas sus formas.

Era muy temprano, no había ni amanecido, y yo tenía varios libros entre las manos, intentando decidir a cuál de mis retoños textuales quiero más, cuál representa mejor el día que celebramos, dentro de cuál encontraría la inspiración para hablar desde esta página.

Y mi mente divaga y vuelve una y otra vez a la polémica que vivimos la semana pasada con los libros retirados de una biblioteca , una polémica que se ha alimentado en redes sociales y prensa pero que parte de una base muy sencilla, damos por hecho que los niños no tienen capacidad para la imaginación, que lo que lean ahora les hará perpetuar roles y actitudes hasta la edad adulta. Que no son capaces de salir del texto y escribir su propio futuro, que no aprenden de las moralejas y moralinas, que no ven más allá del espejo que les mostramos.

Y sin embargo, pese a quien pese, hablamos de niños que son capaces de creer a pie juntillas que el cocodrilo se tragó un reloj y eso es lo que salva al capitán de caer en sus garras, el tictac que alerta de su llegada.
Niños que entienden las fábulas como lo que son, niños que saben leer entre líneas lo que a los adultos se nos escapa.
Niños que sacan sus propias conclusiones, que quieren volar porque creen firmemente que pueden. Niños que ya han aprendido que serán todo lo que quieran ser

Por todo eso quiero hacer, desde esta auto erigida palestra, una defensa de esos personajes clásicos, y, sobre todo, de las princesas.

De todas ellas.

De las clásicas, de las modernas, de las versioneadas, de las mágicas y de las corrientes, de las que hacen tratos con brujas, de las envenenadas, de las durmientes, de las despiertas, de las que se tiran pedos, de las que son secuestradas, prometidas, engañadas, astutas, guerreras, de las que llevan vestidos y de las que visten cota de malla, de las hijas de reyes y de las autodenominadas, de las que se convertirán en reinas y de las que serán princesas eternamente, incluso, porqué no, de las republicanas.

De todas y cada una de ellas porque si perpetúan algo es variedad. Hay un tipo de princesa para cada tipo de mujer que se quiera sentir identificada, incluso cuando el modo de identificarse sea oponerse diametralmente al rol que representan.

Y quiero, al mismo tiempo, hacer una defensa de todos aquellos niños y niñas que quieran ser princesas, porque, insisto, debemos dejar que los niños y niñas sean lo que quieran ser, jugando e imaginando un futuro sin límites.
Sin límites ni barreras, como su imaginación, la que nosotros, como mediadores y adultos, tenemos la obligación de mimar, alentar y cultivar dándoles siempre las herramientas entre las que debe encontrarse la palabra escrita.

Y de todas las princesas, en un día como hoy, elijo a las que se salvan solas o, en su defecto, a aquellas que una vez convertidas en reinas, se arman de valor y con espadas y parten al reino vecino a socorrer a una princesa.

A aquellas que miran a los ojos a su destino, que no las hace felices, y traspasan los márgenes de su cuento, giran la página y miran a los ojos al hada, la bruja o la hechicera, desafiando la magia ancestral y el miedo, porque saben lo que es haber estado dormida durante un año y despertar.
Aquellas que conocen el cuento o al menos les suena pero siguen adelante, cuestionando cada paso y tomando nuevas decisiones. Aquellas como la que protagoniza La joven durmiente y el huso, pero que han protagonizado otras historias antes y serán la actriz principal en otras muchas por venir.

Una historia en la que el príncipe brilla por su ausencia, una historia en la que los nombres existieron pero ya no se usan porque son esencialmente diferentes siendo ellas mismas.
Una historia en la que el cuento cambia conforme se vuelve a escribir, pero sigue siendo familiar.
Una historia de reinas y princesas, y brujas y enanos, y hechizos y reinos lejanos.
Una historia de mujeres fuertes que miran a su destino a los ojos y eligen un camino diferente.
Una historia moderna con todos los elementos de la literatura clásica tradicional.
Una historia ilustrada en blanco, negro y oro.

Un cuento de princesas para celebrar el 23 de abril.

Título – La princesa y el huso
Autor – Neil Gaiman
Editorial – Salamandra
Año – 2015