El domingo pasado celebramos en España el día de la madre.

A lo largo de los últimos meses he asistido a varios debates, tanto en foros digitales como físicos, en los que se ha hablado de la vigencia de celebrar este día y el día del padre en las escuelas invirtiendo tiempo en clase para manufacturar regalos, teniendo en cuenta el impacto que estas actividades tienen en algunos niños que pertenecen a nuevos modelos de familia que cada día son más frecuentes y que no se contemplan.

Dicho de otro modo, no todos los niños en edad escolar tienen padre y madre y viven con ellos en felicidad y armonía. Algunos tienen padres separados, les hacen regalos en sus respectivos días, pero hay otros niños que, por la razón que sea ya no tienen padre, o ya no tienen madre, o solo tienen uno de ambos porque esa ha sido su situación familiar desde el principio, o tienen dos madres, o tienen dos padres, o viven en situación de acogida y podría seguir enumerando ejemplos hasta el final de la página.

De todo lo anterior se puede deducir que hacer estas manualidades no es divertido ni placentero para todos los niños, y, a veces, los pone en una situación de estrés o infelicidad temporal que no deberíamos desear para ellos.

Más o menos en las mismas fechas he leído un testimonio de una mujer que, aun deseándolo con todas sus fuerzas e intentándolo por todos los medios disponibles a su alcance, no puede tener hijos.
Y cuenta su proceso de duelo personal que, al mismo tiempo, ha sido un proceso de crecimiento y aceptación de sí misma también.

Y me ha dado qué pensar, claro.

A mí que para ser madre apenas me lo tuve que pensar, que me quedé embarazada a la primera, que tengo un hijo sano y he formado una familia “tradicional” y que disfruto de mis imanes de nevera, pisapapeles y demás manualidades cada primer domingo de mayo sin darles mayor importancia.

Y es que a veces nos miramos el ombligo y nos olvidamos de los distintos tipos de personas que nos rodean, con sus circunstancias, con sus diferentes modelos de familias, con su felicidad y sus penas, con sus duelos y con su diversidad.
Entonces llegan determinadas fechas y les cambia el humor y a veces, sólo con abrir los ojos, lo podemos llegar a entender.

A pesar de que el domingo pasado celebré el día, no recomendé ningún libro sobre madres e hijos y modelos de familia porque esta idea venía rondándome el pensamiento y el ánimo.

Y entonces, casi por arte de magia, que es como vienen las buenas lecturas en los momentos adecuados, me reencontré con Osito El Terrible, que se porta fatal con todos los habitantes del bosque y los maltrata, porque él es muy malo, o como dice un amigo mío él no es malo, es “peor”.
Hasta que tropieza con un personaje más grande, más peludo y más terrible que él y que le da justo lo que Osito necesita: Un beso.
Y luego otro, y luego otro más, y un montón más, porque este personaje, esta Osa, no es la mamá de Osito pero tiene dentro todo el cariño que a él le falta.

A veces, cuando somos terribles, solamente estamos necesitados de un abrazo fuerte y un beso.

A veces, algunas mujeres que no han tenido hijos se convierten en unas madres fantásticas de niños que las necesitan. Porque ser madre no es sólo alumbrar, es querer, es abrazar, es besuquear, es dar todo el cariño que tienes dentro a una criatura que lo necesita.

Y hoy va por ellas, esas madres adoptivas, putativas y de espíritu.
Esas mujeres fuertes que deciden, de la manera más generosa posible, compartir todo ese amor que llevan dentro.
Esas Osas que son capaces de transformar a cualquier Osito Terrible.

Título – Osito El Terrible
Autor – Christian Jolibois
Editorial – Picarona
Año – 2017