Manías, manías manías…

Tan diversas y curiosas como diferentes somos unos humanos de otros.

A menudo decimos que es nuestra “manera de hacer las cosas” y así excusamos nuestras rarezas y yo me pregunto ¿cuál es la diferencia entre una costumbre y una manía?

Mi madre dobla las sábanas y toallas de una manera determinada, el otro día se quejaba en voz alta de que mi padre, que la miraba entre divertido y resignado, siempre conseguía hacerlo al contrario de como se debe y mi duda era ¿hay una manera determinada realmente? ¿Están diseñadas con esa intención?.

¿Y a la hora de hacer la cama? ¿Hay un derecho y un revés en la ropa de cama? ¿El dibujo dentro para que al girar el embozo se vea? ¿Es esto algo del pasado y a la mayoría de los millenials nos suena a cuento chino?

Yo tengo una manía muy asumida, no puedo soportar que el papel higiénico esté puesto en el porta rollos “al revés”. Hace muchos años que lo categoricé como manía, cuando me di cuenta de que cambiaba el modo en que estaban puestos incluso en casa de amigos, conocidos y algún que otro aseo de bar.

También le tengo manía a una cubertería que tengo en casa y hago todo lo posible para no usar los tenedores y cucharas que la componen. No me gusta, no me alimento igual de a gusto cuando he de usarla y la evito a toda costa.

Una de las costumbres de mi hijo es que duerme con cosas. No importa mucho con qué.
Esta semana ha llegado a dormir abrazado a una botella de agua de 33cl. de plástico, vacía.
Tiene que dormir con algo pero no he conseguido que se acostumbre a ningún muñeco o peluche. La ventaja es que jamás sufriré el episodio horrible de perder su peluche de dormir y tener que pasar dos días en vela, la desventaja es que, a veces, se empeña en dormir con piedras mugrientas del parque. Supongo que no se puede tener todo…

Las más curiosas, bajo mi punto de vista, son las que tienen que ver con la comida. Hay quien no come alimentos cortados de determinada manera, por ejemplo en círculo, o no mezcla algunos colores con otros a la hora de comer.
Hay quien, incluso, no come alimentos que se hayan roto, como las galletas, esto último lo he observado sobre todo niños.

Otras manías del pequeño de la casa nos resultan graciosas e incluso las fomentamos, lleva un año aproximadamente obsesionado con el color amarillo y todo en su vida ha de ser amarillo.
Así que en lugar de luchar contra ello, buscamos los objetos más peregrinos en ese color. Cepillos de dientes, pajitas, camisetas, calcetines, un patinete, la bolsita del almuerzo… Menos mal que alguien inventó a los minions y mi vida es un poco más sencilla.

Y después hay otras costumbres que tenemos que aprender a desacostumbrar, como le pasa a Sofía, quien, sin darse cuenta, se mete El dedo en la nariz.
Sus padres se lo han advertido varias veces, pero ella sigue con el dedo en la nariz, cuando lee, cuando come, al dormir… y de pronto un día descubre que su nariz no hace más que crecer y Tim, su dedo, ha hecho de ella un hogar y se niega a abandonarlo.
¿Qué puede hacer Sofía para que su nariz vuelva a tener un tamaño normal?

Con vivos colores y un sentido del humor muy fino, este libro nos está ayudando a superar la fase en la que la exploración nasal es el deporte favorito.
¡Mira mamá un moco verde enorme! es una exclamación habitual en boca de mi hijo cuando estamos rodeados de gente, en el parque, en la playa, en un bar… E insiste en que yo coja su moco, incluso cuando vamos en la bici.
Así que hemos recurrido a este libro tan atractivo y brillante que hace las delicias de los más pequeños y al mismo tiempo les permite reflexionar sobre las consecuencias de esta costumbre.

Y no lo vamos a negar, a todos nos divierte un poco hablar de mocos.

Título – El dedo en la nariz
Autor – Paula Merlán
Editorial – Nubeocho
Año – 2018