Sobre literatura infantil y no tan infantil

Confesiones sobre el cerebro

Hoy he venido a confesar.

Hace algunas semanas que no leo.

Para mí esto significa que leo poco, a destiempo, de manera inconexa y he empezado 4 libros, al menos, que tengo a medio leer en la mesita de noche.

Desde que volví de vacaciones no he leído ningún libro infantil nuevo, nada que no haya reseñado en esta página antes y no he visitado una biblioteca desde hace más de 8 semanas.

Yo confieso.

La vuelta al cole ha sido dura, difícil, cuesta arriba…

Este año el pequeño empezaba el cole de mayores, así que, a todos los efectos, sus progenitores hemos vuelto atrás en el tiempo y hemos empezado el cole de mayores de nuevo.

Con muchos más miedos y ansiedad que cuando teníamos 3 años.  Sin lugar a dudas.

Y para él su mundo escolar, que antes se reducía a 6 aulas y un patio pequeño, de pronto se ha transformado en un edificio enorme, con más de un millar de alumnos.
Ha pasado de ser un pez grande en una pecera doméstica a ser un pez muy pequeño en medio del océano.

Y se ha sentido diminuto, y un poco perdido a ratos, algo triste y bastante inseguro.

Y yo he tenido que contener las lágrimas, las ganas de abrazarlo y llevarlo a casa y un miedo completamente desconocido, varias veces.
¿Comerá algo?, ¿habrá dejado de llorar?, ¿hará amigos nuevos?, ¿estará bien? Y un millón más de preguntas que me asaltaban a cada minuto, incluso tras haber hecho la firme promesa de no preocuparme más.

Y en medio de esta vorágine de sentimientos encontrados, nervios, noches de costarme conciliar el sueño y mañanas de bostezos, recordé que había un libro en mi estantería que quería haber empezado hace al menos un año y medio, cuando me lo regalaron, y recurrí a él para distraerme y resulto ser una isla de paz en medio del caos.

Porque, en mi caso, siempre hay un libro.

Y este es un libro que habla de muchas cosas, pero principalmente de niños.
Y, aun así, sigo confesando porque este se ha convertido en un artículo-confesión, me daba una pereza terrible.

El cerebro del niño explicado a los padres me sonaba a libro de autoayuda, a palabras vacías para padres inseguros y no podía estar más equivocada.

El cerebro del niño explicado a los padres es un manual de instrucciones que deberían darte en el momento en que el test de embarazo da positivo, ya que si te lo dan al mismo tiempo que el bebé seguro que no vas a poder leerlo.
Y ha de convertirse en un libro de referencia para los próximos 6 años de vida de tu retoño.

Su lenguaje es sencillo, accesible e incluso diría que asequible. Y con palabras cotidianas traduce al lenguaje adulto los sentimientos, emociones y reacciones del niño y al mismo tiempo facilita consejos y mecanismos para poder entender, interactuar y sobre todo ayudar al niño a comprender sus propias reacciones.

Habla de inteligencia emocional, de cerebro racional y emocional, habla de miedos, habla de educar en positivo, de ayudar al niño a construirse a sí mismo, gestionar sentimientos, empatía, comunicación y desarrollo intelectual.

Y a mí me ha ayudado a racionalizar muchos de mis propios miedos, mi tendencia a la sobreprotección ciega, a probar nuevas tácticas frente a los bloqueos emocionales que se han producido en el pequeño a raíz de la nueva etapa escolar y a revisitar mi propio lenguaje a la hora de educar.

Es un libro de crecimiento personal en un entorno seguro y de confianza.

No es un libro para crear pequeños superdotados.

Es una guía para criar niños felices.

Título – El cerebro del niño explicado a los padres
Autor – Dr. Álvaro Bilbao
Editorial – Plataforma Editorial
Año – 2015

2 comentarios

  1. R.

    Yo no tengo niños pero con esa descripción, me dan ganas de leerlo para ser buena tía / prima / madrina / etc. También me entran ganas de regalárselo a todos los padres que conozco… Especialmente a algunos… Pero por desgracia no todo el mundo lee como tú. ¡Muchas gracias por la recomendación!

    • librosdesol

      Deberia ser lectura obligada, quita muchos agobios cuando hay niños.
      ¡Gracias por tus palabras!
      A nosotros nos lo regaló una tía postiza, sin hijos, que no pudo acertar más

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