El otro día fui desagradable con una persona.

De manera gratuita.

Era temprano, estaba esperando un taxi y se colocó delante de mí, con el mismo propósito y a la vista de la luz verde de un vehículo que se aproximaba, salté como si me hubieran presionado un resorte y reclamé la prioridad de posesión de un modo excesivamente agresivo.

En mi defensa podría argumentar que había dormido poco, que era demasiado pronto y que llegaba tarde a coger un tren, pero, en el instante en que vi la cara de estupor de la otra persona, fui consciente de que me había pasado.

Fui demasiado agresiva anticipándome a que la otra persona iba a serlo también, probablemente debido al estilo de la sociedad en que vivimos, sin delicadeza, avasallando antes de que nos pasen por encima, golpeando por miedo a recibir.

Y llevo sintiéndome mal desde entonces, cada vez que me acuerdo.

Es algo que suele pasarme.

Lo de sentirme mal, quiero decir.

Tengo tendencia a pensar mucho en como mis acciones afectan a los demás, sobre todo cuando puedo percibir que los he incomodado.
También me sucede a la inversa y le doy muchas vueltas a cómo me influyen las acciones de los demás, me angustio y me lo tomo “muy a pecho”.

Y, aunque me cuesta, sobre todo cuando el exabrupto se ha producido a raíz de un enfado, pedir perdón me alivia.

Debe ser mi conciencia, yo la siento como si una mano me apretase el pecho, pero sin llegar a doler, es solamente incomodidad, como si me costase respirar.

A veces sucede a la inversa, me cuesta respirar y siento incomodidad por algo y debo hacer introspección hasta que soy capaz de encontrar la fuente, el incidente, como si se hubiese alojado en algún rincón recóndito de mi cerebro.

Me gustaría, a veces, que fuese una voz en off, como las que representan a este sentido en la literatura y el cine.

Últimamente el pequeño de la casa se está portando especialmente mal, es desobediente, contesta, hace las cosas que le pedimos cuando a él le parece y no cuando debe, incluso priorizando sus deseos a los deberes que le pedimos.

Hemos tenido varias conversaciones sobre ello y yo le pregunto si sabe que lo que hace está mal, si es consciente de cómo nos afecta su comportamiento, si siente dentro algo cuando hace las cosas mal o si tiene dentro una voz que le avisa de que no es lo correcto.

Una voz, La Vocecita, como la que escucha Perico el día que, después de hacer caca y no tener papel higiénico a mano, se limpia su culete de iguana con un calzón viejo que encuentra tirado cerca.

No he conseguido averiguar si el pequeño tiene dentro una voz todavía, si tiene conciencia de sus acciones o si la irá adquiriendo con el tiempo.

Una voz que dialoga y hace reflexionar al sujeto sobre sus acciones, ¿eso se hace?, ¿te lo han enseñado en el cole?, una voz que, como la de Perico, no sabe de dónde sale pero que le increpa, siempre desde el humor y, como en el cuento, con un final sorprendente.

Mientras tanto leemos la historia de la iguana con conciencia y nos reímos mucho de su estupor ante esa voz que escucha, reflexionamos sobre el bien y el mal y vamos haciéndole hueco a esa vocecita por si un día decide aparecer y ayudarle con su capacidad para discernir el bien y el mal

Pensándolo bien, para mi próxima vida me pido un Pepito Grillo.

O una Vocecita.

¿O un niño con la conciencia ya instalada?

Título – La Vocecita
Autor – Michaël Escoffier
Editorial – Kokinos
Año – 2012