Desde hace un par de semanas me apetece mucho sentarme delante de una chimenea a contemplar el fuego y leer.

Se lo he dicho a mis amigas varias veces y ellas se sonríen y me miran como si estuviese un poco loca, y probablemente sea ese el caso, pero hemos tenido un par de días de frío intenso en noviembre, algo de lluvia y a mí me nace ese anhelo por dedicarme a la vida contemplativa y lectora frente al fuego.

No tenemos chimenea, pero puedes ponerte la de netflix me sugirió una de ellas.

Efectivamente.

No creo estar descubriéndole a nadie algo que no pertenezca ya al saber general, pero en cualquier caso, la cadena antes mencionada tiene un canal chimenea, que arde, crepita y no tienes que alimentar con madera, una chimenea en bucle que hace hogar y, llegado el caso, puede ser sustituta de una real si tú también pasas fases como la mía.

Consumimos contenido digital a la velocidad de la luz, sin paciencia por llegar al final, sin degustar el camino, devoramos temporadas de series sin dejar apenas que nuestro cerebro las procese e integre, para olvidarlas en segundos mientras pasamos al siguiente descubrimiento porque es lo último según los críticos, el canal de streaming, mi vecino, el compañero de trabajo de turno o tu cuñado…

Tener una chimenea audiovisual encaja perfectamente con esta nueva forma de vida.

Yo, sin embargo, sigo a la caza de una real que compense este sentimiento, porque me conozco y sé que voy a tener este anhelo de fuego dentro todas las fiestas como no lo solucione pronto.
Me veo frente a ella, con una copa de vino o un chocolate caliente, con un libro en las piernas, sentada en una alfombra mullida, una estampa invernal de casa en la montaña, de manual.

Supongo que esto me pasa porque lo que leo me influye y estas semanas llevaba entre manos un libro que, para mí, sabía a infancia, porque me ha traído recuerdos de cuentos, a la luz de la lumbre y cuentos en la cama antes de dormir, de esos antiguos, de tradición oral, de los que, pese a voluntad del narrador, no suenan igual dos veces.

Cuentos de princesas, cuentos de mujeres fuertes, valientes e inteligentes, cuentos de nuestro pasado, de nuestra tradición literaria, cuentos que evocan a otras niñas, frente a otras lumbres, cuentos que no pasan de moda, cuentos que siguen vigentes y que han sido rescatados del umbral del olvido para hacerse libro.

Cuentos que me contaba mi tía abuela hace más de 20 años.

Cuentos que han cumplido varios siglos de vida.

Porque, seamos sinceros, son cuentos que de no haber sido revestidos por el envoltorio de que son ellas, las protagonistas, las mujeres que rescatan al príncipe, se salvan solas, resuelven acertijos etc… quizá no habrían sido recopilados y reimpresos, pero son cuentos que nos demuestran que siempre hemos sido fuertes, valientes, inteligentes y resueltas, simplemente necesitábamos que nos lo recordasen, que nos lo volviesen a contar.

Curiosamente se titula Los cuentos que nunca nos contaron, y es todo lo contrario, son cuentos que nacieron solamente para ser contados, cuentos que se han recogido en antologías, en recopilaciones, cuentos que nunca se pensaron para plasmar por escrito.

Y son cuentos necesarios, de todo el mundo, con una edición preciosa, impecable, con ilustraciones a doble página y que ofrecen, además, en la portada de cada cuento, información sobre su lugar de origen y, si se conoce, quién fue el primer autor que los recopiló.

Este libro es una de mis primeras recomendaciones para la vorágine consumista que ya nos acecha.

Es un buen regalo, combina modernidad y tradición. Se puede leer y se puede contar en voz alta para mantener vivo el propósito con el que fueron creadas las historias, y seguro, se va a disfrutar y quizá nos enseñe, también que tanta modernidad se nos está yendo de las manos.

Título – Los cuentos que nunca nos contaron
Autor – Myriam Sayalero
Editorial – Nube de Tinta
Año – 2018