Para mí ya no existen las rutinas pre-pandemia.

A mediados de marzo tenía una planificación semanal perfectamente estructurada, cada pieza del puzzle encajaba en su sitio, cuadraban los horarios y tenia, incluso, tiempo para sentarme delante de esta hoja en blanco y desahogar mis inquietudes.

Todo eso se paralizó de golpe y la vuelta al cole no ha supuesto, exactamente, retomarlo todo donde lo dejamos.

Estamos construyendo nuevos horarios adaptados a la nueva realidad que vivimos, y yo me pregunto, todas las mañanas, qué día es para saber si hoy he de ir a trabajar a la oficina o si me quedo en casa y, a partir de ahí, resolver un número infinito de incógnitas: ¿tengo reuniones hoy? De ello dependerá si llevarme el portátil, ¿recojo al pequeño yo? Bici con o sin silla de niño, ¿fiambrera con comida?, ¿equipamiento de fútbol?, ¿mochila con las cosas de inglés? Etc…

Y a veces, de pronto, surgen cambios, novedades, que me dejan sin aliento, paralizada.

Curiosamente al pequeño de la casa eso no le sucede, entiendo que tiene mucho que ver con la edad, pero es probable que su carácter influya, sin duda.
Se enfrenta a las nuevas situaciones con aplomo y naturalidad, como si, en realidad, esa nueva actividad hubiera estado realizándola toda su vida.

La novedad es el fútbol.

El primer día de entrenamiento yo estaba nerviosa, lo acompañé sin tener muy claro cómo sería la entrada, la salida, si entendería que las nuevas circunstancias no me permitirían entrar con él al pabellón, si le gustaría entrenar y el entrenador. Lo normal en una madre, espero.

Y me sorprendí.

Me dijo adiós con la mano, se puso a la cola del gel hidroalcohólico y la toma de temperatura, volvió a girarse para decirme adiós con la mano y sonrió.
Y ya está.
Sin un solo gesto de preocupación, sin una duda, sin nervios. Y si bien es cierto que lleva un cuarto de su vida conviviendo con la pandemia y sus rutinas, sigue sorprendiéndome la facilidad con la que entra y sale de su zona de confort, cómo se adapta a todo con naturalidad.

Cómo ha eliminado el muro en mitad del libro.

Ese muro que en nuestro cuento separa la zona buena y la zona mala. La zona buena, en la que habita el caballero es una parte del libro tranquila, en la que nunca pasa nada y el muro hace que el ogro y el resto de peligros del otro lado del libro no puedan pasar.
A este lado está lo conocido, y todo está bien
Al otro lado hay un ogro malo y quién sabe qué más, y mejor que siga el muro separándonos.

¿O no es así? ¿Qué cosas suceden alrededor del caballero? ¿Qué hay, realmente al otro lado del muro?

Al contrario que el pequeño de la casa, yo tengo un muro muy alto en mitad de mi libro.

Un muro que me cuesta mucho derribar, escalar, saltar.

Un muro que me mantiene en mi zona de confort, tranquila y segura. Un muro que me obligo a hacer desaparecer a la fuerza. Un muro que no necesariamente me protege, que quizá como en el cuento, evita que descubra todo lo que me estoy perdiendo al otro lado.

He empezado un proyecto nuevo y me ha quitado el sueño algunas noches, me obliga a dedicarle más horas porque quiero hacerlo bien, un proyecto por el que he renunciado a actividades para las que ya no tengo tiempo. Un proyecto que me ilusiona, me mantiene en continuo movimiento y me obliga a estudiar, a manetenerme en un aprendizaje permanente.

Un proyecto que está al otro lado del muro en mitad del libro, sin duda.

Un muro que he saltado.

Título – El muro en mitad del libro

Autor – Jon Agee

Editorial – La casita roja

Año – 2019