Llevo varios días pensando en la amistad.

Llevo varios días pensando en mis amigos.

Si hay algo que esta pandemia nos ha traído es un cambio en la manera de relacionarnos con la gente que tenemos alrededor e incluso con la gente que tenemos lejos. Y no es necesariamente un cambio a mejor, no todos lo son.
Yo, que me podría definir como muy sociable, incluso, dependiendo a quién se le pregunte el adjetivo cambia y la descripción se convierte en “excesivamente sociable” pudo afirmar, con rotundidad, que tengo muy buenos amigos y por ello soy muy afortunada.

No todos nuestros conocidos son amigos, claro, conocemos muchísima gente a lo largo de nuestra vida. Y no todos nuestros amigos permanecen, las relaciones sociales cambian, la gente viene y va y los lazos que forjamos se debilitan, desaparecen y a veces resurgen como el ave fénix de sus cenizas. La amistad es un concepto que está vivo y en constante evolución, como el ser humano.

Pero los buenos amigos, los de verdad, son aquellos que, sin dudarlo, lo dejarían todo por escucharte, ayudarte, darte una mano cuando la necesitas.

Hace un par de semanas hablé con uno de mis amigos y le recordé que le quiero. Gratuitamente, sin esperar o necesitar algo a cambio. Simplemente por dejar constancia de ello, porque son tiempos difíciles y la vida adulta, incluso sin pandemia, a veces nos impide hacer esos pequeños gestos, como si querer estuviera limitado a la pareja, hijos o familia, como si querer se sobreentendiese, como si querer se hiciera de refilón y sin hacer ruido, no se vaya a notar y escandalice a quien se da cuenta, incluso al receptor de ese cariño.

Hay que querer y querer(se) más, y sobre todo hay que decirlo. No dar las cosas por hecho, no dar los sentimientos por sobreentendidos.

Yo quiero mucho a mis amigos, quiero sin limites y sin condiciones y lo digo. Y cuando no lo digo explícitamente dejo que mis actos hablen por mí. Mando mensajes, incluso a horas intempestivas, cuando una serie, película, canción o libro me recuerda a ellos. Regalo libros que, mientras estoy leyendo, me recuerdan a esa persona. Escribo felicitaciones de navidad a mano, comparto tweets o tonterías de internet que sé que les van a sacar una sonrisa. Mando mensajes sin un por qué específico, solamente por saber de esa persona, por recordarle que me acuerdo, que me importa, que me interesa cómo está.

A veces sueño con amigos de los que hace tiempo que no sé nada y se lo hago saber.

Tengo amistades de las de todos los días, gente con la que hablo a diario incluso de cosas sin sentido, y tengo otros amigos que han perdurado en el tiempo y en el espacio, amigos con los que, a pesar de no vernos o llamarnos en meses, la conversación surge fluida como si la retomásemos del día anterior, amigos cuya línea subyacente es el cariño que nos tenemos, a pesar de la vida y sus vicisitudes.

Cada amistad es única, es la combinación perfecta de dos personas absolutamente diferentes (o iguales) que generan un vinculo de afecto. Como León y ratón, dos animales completamente opuestos cuyo único punto común es vivir en el mismo bosque, dos animales que al principio se hacen favores mutuamente, hasta que descubren que ya no hacen cosas por el otro esperando una retribución, sino por afecto mutuo. Una fábula sencilla sobre el proceso de la amistad, desde el inicio hasta que se consolida y que explica perfectamente, a grandes y pequeños, que a veces lo que nos une son esas cosas que más nos diferencian.

A veces encontramos la amistad donde menos la esperábamos, nos enriquece, nos ayuda a olvidarnos un poco del yo y pensar en los demás, nos enseña a querer sin ataduras, sin esperar nada a cambio.

Nos hace mejores.

Cultivemos la amistad.

Seamos Leones y Ratones.

Título – León y ratón

Autor – Jairo Buitrago

Editorial – Cataplum Libros

Año – 2017