Nadie cuenta cuentos ya

Sobre literatura infantil y no tan infantil

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Algunas niñas siguen queriendo ser princesas – #diadellibro

Llueve en gran parte de España y yo he dormido poco.

Empiezo el día muy temprano entrando a una librería a las 6 y media de la mañana, porque los días como hoy hay que celebrarlos leyendo, visitando librerías y disfrutando de la página escrita en todas sus formas.

Era muy temprano, no había ni amanecido, y yo tenía varios libros entre las manos, intentando decidir a cuál de mis retoños textuales quiero más, cuál representa mejor el día que celebramos, dentro de cuál encontraría la inspiración para hablar desde esta página.

Y mi mente divaga y vuelve una y otra vez a la polémica que vivimos la semana pasada con los libros retirados de una biblioteca , una polémica que se ha alimentado en redes sociales y prensa pero que parte de una base muy sencilla, damos por hecho que los niños no tienen capacidad para la imaginación, que lo que lean ahora les hará perpetuar roles y actitudes hasta la edad adulta. Que no son capaces de salir del texto y escribir su propio futuro, que no aprenden de las moralejas y moralinas, que no ven más allá del espejo que les mostramos.

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El viento me lleva de vuelta a Madrid

Si hay una ciudad a la que siempre vuelvo es Madrid.

He vivido en ella, la he visitado sola y acompañada, voy regularmente por trabajo y siempre encuentro razones o excusas para querer ir.

Si hay una ciudad que tiene banda sonora propia, para mí, es Madrid.

A menudo escucho canciones sobre ella, escritas en ella o que me recuerdan a ella.
Y por supuesto hay cantantes que, pese a no haber nacido allí, su nombre y sus discos siempre estarán ligados a esta ciudad en mi imaginario personal. Incluso cuando asisto a sus conciertos en otras ciudades, siempre de fondo visualizo Madrid.

Madrid tiene música, Madrid tiene voz propia y Madrid me sorprende cada vez que vuelvo a ella.

El día de la poesía salí de una librería pertrechada con un libro de relatos. No era mi intención, en realidad buscaba algo de poesía por hacer los honores al día internacional de la misma, pero lo vi y me miró como sólo los libros recién publicados miran.

Y dudé.

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Feliz Feroz día del libro infantil

Han sucedido muchas cosas en las últimas semanas, algunas importantes y otras típicas de la rutina del día a día pero unas y otras me han mantenido alejada del teclado más de lo que me hubiera gustado. Aunque no de los libros ni la lectura, no os preocupéis, eso nunca.

A veces es complicado escribir, el ánimo o el tiempo disponibles no acompañan y la inspiración no se puede forzar, algo que me sucedió el día de la poesía, cuando entré en una librería con la firme intención de comprar un libro (de poesía) que llevaba tiempo queriendo tener y, sin embargo, salí de allí con un libro de relatos.
Previamente había visitado la biblioteca con la clara intención de coger en préstamo ese famoso libro de poesía y en cambio cargué, con un montón de libros infantiles que, a pesar de mis intenciones, no me han inspirado para escribir tampoco.
Las musas estaban empeñadas en huirme.

Por otro lado ha habido dos eventos que me han marcado significativamente en el último mes y la alegría y la tristeza se entremezclan. Una pareja de amigos ha perdido a una perrita, se escapó y todavía no la han encontrado, de ahí la tristeza.
Tristeza pero también el orgullo de pertenecer a un grupo de amigos que no ha dudado ni por un instante en lanzarse a ayudar a aquellos que nos necesitaban, sin cuestionar lo complicado de la tarea, o el horario intempestivo, poniendo nuestras realidades en pausa para pegar carteles, recorrer zonas por donde ha sido vista, e incluso acudir a una llamada en horario laboral por estar más cerca, porque eso es lo que hace la familia y ellos forman parte de la familia que se elige.

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Feminismo en pequeños pasos – 8 de marzo #diainternacionaldelamujer

Llevo toda la semana queriendo sentarme a escribir.

Mi idea inicial, cuando me planifiqué la semana del 8 de marzo, fue escribir un artículo al día sobre historias de feminismo pero la conjunción de los astros ha hecho que no sólo no haya escrito ni una sola reseña extra esta semana, sino que me plantee las bases sobre las que escribir hoy.

Pienso en las mujeres que me rodean y a las que llamo amigas sin reservas y las admiro.
A cada una de ellas de manera diferente, con sus virtudes y sus defectos, las quiero, las admiro y las respeto porque toman sus propias decisiones, porque eligen como vivir su vida y eso es de admirar.

Respeto por igual a la madre de familia numerosa y a la que ha decidido no serlo y por supuesto admiro a la que sacó a su hijo adelante, sola, con esfuerzo, sudor, lágrimas y sonrisas, que de esas también ha habido.
Respeto a la que se levanta a prepararle el almuerzo a su marido todas las mañanas porque lo hace porque ella quiere, porque tiene un significado personal y porque es libre de elegir no hacerlo, no es una imposición.
Respeto a las que hoy han hecho huelga y a las que no y han decidido acudir a sus puestos de trabajo, porque como todos bien sabemos la huelga es un derecho y una elección personal.

Y supongo que ahí radica la clave de todo, que hemos podido elegir ser el tipo de mujer que queremos ser.

Tenemos elección.

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Aprender a decir ¡No!

No se decir que no.

En general, en mi vida, soy capaz de adquirir los compromisos más peregrinos y de complicarme la vida hasta límites insospechados para llegar a todo, y a todos y echar una mano con aquello que se me pida, en lugar de decir que no.

Ayudar con CVs, búsquedas de trabajo y / o empleados, conectar gente con intereses comunes, hacer recados raros, prestar cosas que en realidad no querría dejarle a nadie, abrir infinidad de veces las cajas de ropa de bebé del pequeño vástago, adelantar dinero para compras de entradas de eventos incluso cuando no me viene bien, hacer disfraces de niños que no son míos, cambiar horarios de trabajo y un largo eccétera de favores, incluso descabellados, por los que, a menudo, no obtengo ni un somero “gracias“.

Ni que decir tiene que, cuando necesito yo un favor, en general no sucede a la inversa, así que la decepción es doble, la de haberme esforzado más de lo que dicta el sentido común y la de no recibir el mismo trato a cambio. 

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Yo de mayor quiero ser Reina Roja

Me gusta ir en transporte público.

Los que me conocen pensarán “¡Qué mentirosa! Si se pasa el día despotricando del servicio de transporte público de su ciudad” y tienen razón, porque creo que su gestión es desastrosa, pero cuando tengo la suerte de ir en un autobús, a media mañana, con un sol estilo primaveral como el que hacía esta mañana, y con un buen libro para leer durante el trayecto, se me pasan todos los males.

Me gusta ir en transporte público y leer.

Cuando voy por la calle suelo escuchar música, me da el ritmo que necesito para caminar a buen paso y me aísla de los ruidos que me rodean. Suelo llevar cascos de estilo retro, de diadema con almohadillas esponjosas, que me resulten cómodos. Me gusta mucho la música y la elijo en función de mi estado de ánimo, si bien llevo unas semanas escuchando el mismo disco en bucle, de manera obsesiva, porque sus compases se han grabado en mi cerebro y tarareo las canciones sin darme cuenta, incluso cuando la música no está sonando.

Me gusta ir en transporte público y leer sin música.

El inconveniente de ir en autobús leyendo sin música es que a veces me resulta complicado abstraerme de las conversaciones ajenas. Cuando llevo los cascos puestos imagino vidas y situaciones para los pasajeros que me rodean, pero cuando leo no puedo evitar verme absorbida, a veces, por sus conversaciones, especialmente cuando no moderan el tono de voz.

Y no dejo de maravillarme ante la capacidad infinita del ser humano para decir estupideces, hacer aseveraciones profundas basadas en suposiciones y mezclarlas en la misma frase y para dar consejos absolutamente descabellados. Asisto al gran teatro de la vida con los ojos bien abiertos y con la humildad de saber que, en la mayoría de casos, son otros observadores los que internamente me juzgan a mí. Que siempre se torea de maravilla desde la barrera.

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Todo lo peor de nuestra sociedad – Ser gellidista

Hace algún tiempo que dejé de interesarme por las noticias. La prensa, radio y televisión me resultan completamente ajenos a la hora de informarme sobre el estado del mundo.

Me da igual. No me interesa.

Me aburre, deprime, asusta, horroriza y provoca repulsa a partes iguales.

Leo noticias en Twitter pero de pasada, no es la herramienta que utilizo para informarme tampoco. De hecho intento no informarme excepto cuando algún titular capta mi atención y es entonces cuando me lanzo a averiguar qué le está pasando al mundo.

Soy la que pone cara de higo cuando se habla de política, panorama internacional y aún me interesa menos si cabe el fútbol o la prensa del corazón.
Huyo de las noticias compartidas en Facebook y huyo específicamente de todo lo que comparten algunos de mis contactos mientras me pregunto por qué narices aún no los he borrado.

Me mantengo al día de las novedades editoriales, leo artículos científicos y de divulgación sobre literatura y autores, trato de estar al día sobre el panorama cultural en cuanto a estrenos de cine, series, exposiciones y conciertos. Suelo ser la última de mi “timeline” en enterarme cuando hay algún aniversario literario o si, por desgracia, fallece algún autor reconocido en literatura mundial o patria.

He de reconocer que supone un esfuerzo considerable, e incluso sobrehumano a veces, estar enterado de estas noticias mientras esquivo  las otras, las que he mencionado anteriormente, sobre todo el maldito fútbol, que nos lo meten por los ojos y oídos hasta cuando no queremos.

La política me aburre, mismos perros con distintos collares es la expresión que viene a mi mente cuando pienso en el panorama político nacional y el local hace que se me ericen los pelos de la nuca. He de admitir, sin embargo, haberme ilusionado un par de veces en el pasado pensando que el cambio era posible para estrellarme cara a cara con la realidad de este país.

Y huyo, como huyen los gatos del agua, de cualquier noticia que se pueda enmarcar bajo la categoría de suceso. Sobre todo de las que acaparan la atención mediática.
Huyo del morbo y del sensacionalismo, huyo con el estómago encogido y la garganta llena de bilis y me enfado cuando mi círculo cercano se convierte en partícipe del pan y circo que tan a la orden del día están en España.
Me avergüenza pertenecer a un país que hace programas de seguimiento de 24h al día sobre la desgracia ajena simplemente por el placer de aumentar la audiencia, en lugar de respetar el dolor de sus congéneres.

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El color de los besos – El día de los enamorados

Ya hace un par de semanas que hasta el folleto online del supermercado me habla de amor.

Hoy es una de las fechas más famosas del calendario y sus partidarios y detractores llevan días dividiéndose en férreas líneas de batalla mientras van preparando su munición verbal, salpicada de defensa del amor y los corazones los de un bando y de acusaciones de consumismo desenfrenado los del otro.

Si nos fijamos objetivamente, nos bombardean con publicidad para el 14 de febrero en todos los ámbitos, díselo con flores, con libros, con música, con ropa interior de encaje, con un perfume, con una cena, una escapada romántica, chocolate o incluso electrodomésticos y videojuegos de guerra, que no a todos nos gusta lo mismo y a cada uno se le llega al corazón de una manera diferente, claro que sí.

Y luego, por supuesto nos encontramos los sub-eslóganes: Díselo desde la igualdad, desde el respeto, no esperes a que él te lo diga y da el paso tú, regalaos algo los dos, pero eso sí, regalad, comprad o en su defecto el ya tan manido “do it yourself”.
Y digo yo que cada uno podrá celebrar lo que quiera, como quiera, si es que quiere. Y si además se aventura a regalar una batidora, bienvenido sea.

Siendo completamente sincera  San Valentín es el día en que menos me apetece querer.

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La abuela durmiente – Abuelos infinitos

Miro a mi alrededor, cuando voy en el autobús o andando por la calle, y veo muchos abuelos llevando y recogiendo nietos del colegio o de las extraescolares, dando meriendas y dando la mano por la calle.

Me hace sonreír y recordar cuando era más joven y mi abuelo me esperaba en la puerta del cole, llevando la merienda y la mochila de música, y me acompañaba al conservatorio, donde esperaba hasta que terminaban mis clases, para, de nuevo, acompañarme a casa.

A menudo escucho a gente hacer comentarios sobre situaciones similares y me sorprende la negatividad con la que se habla sobre el papel de los abuelos ayudando a criar a sus nietos.
Se da por hecho que se les impone estas tareas, que los padres de las criaturas abusan de la predisposición a ayudar, que se les exige la crianza de los nietos o incluso que para tener hijos hoy en día hace falta tener abuelos dispuestos.

Me sorprende, ofende y entristece a partes iguales.

Hay gente que se olvida de que quizá, los abuelos estén encantados de pasar un rato con sus nietos, acompañarlos a casa, darles de merendar y formar parte de esa vida diaria

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Cuestión de perspectiva – yo te quiero más

A menudo nos enfrentamos a tareas pendientes que pueden parecernos un mundo.

Hay cosas que nos da pereza hacer pero en el fondo subyacen otros sentimientos escondidos a los que asignamos esa etiqueta y puede ser que el esfuerzo requerido no vaya a ser compensado con el resultado, que no sepamos por dónde empezar o que haya otros proyectos que nos parezcan más apetecibles o interesantes.

Necesitamos alicientes para enfrentarnos al día a día o a situaciones puntuales, como ese pastel para el que he comprado todos los ingredientes pero su elaboración requiere mucho tiempo o anoche, sin ir más lejos, que la prioridad para el pequeño de la casa no era ducharse.
¿Nos enfadamos? no, fue cuestión de hacerle cambiar la perspectiva y razonar que, con el mínimo esfuerzo de meterse en la ducha iba a estar más fresco, olería mejor y tendría más tiempo para cenar después viendo la tele.

Y es que la perspectiva de los seres pequeños está distorsionada todo el tiempo, principalmente por el factor tamaño: Todo les parece grande, “mi mamá es muy alta” le escucho decir y sonrío, yo, que apenas llego al 1,56 y entonces me acuerdo de la barandilla de la casa del pueblo de mi bisabuela, que en mi memoria está hecha por columnas enormes y blancas sólo comparables en altura a las del Partenón.

La perspectiva lo es todo para los seres pequeños, no es tarde si ellos no están cansados, es hora de comer cuando tienen hambre y absolutamente siempre es hora de jugar. Leer cuentos es una actividad obligatoria antes de dormir, independientemente de la hora de levantarse al día siguiente o de lo tarde que se nos haya hecho hoy.

Y lo mismo sucede con el amor.

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