Me gusta ir en transporte público.

Los que me conocen pensarán “¡Qué mentirosa! Si se pasa el día despotricando del servicio de transporte público de su ciudad” y tienen razón, porque creo que su gestión es desastrosa, pero cuando tengo la suerte de ir en un autobús, a media mañana, con un sol estilo primaveral como el que hacía esta mañana, y con un buen libro para leer durante el trayecto, se me pasan todos los males.

Me gusta ir en transporte público y leer.

Cuando voy por la calle suelo escuchar música, me da el ritmo que necesito para caminar a buen paso y me aísla de los ruidos que me rodean. Suelo llevar cascos de estilo retro, de diadema con almohadillas esponjosas, que me resulten cómodos. Me gusta mucho la música y la elijo en función de mi estado de ánimo, si bien llevo unas semanas escuchando el mismo disco en bucle, de manera obsesiva, porque sus compases se han grabado en mi cerebro y tarareo las canciones sin darme cuenta, incluso cuando la música no está sonando.

Me gusta ir en transporte público y leer sin música.

El inconveniente de ir en autobús leyendo sin música es que a veces me resulta complicado abstraerme de las conversaciones ajenas. Cuando llevo los cascos puestos imagino vidas y situaciones para los pasajeros que me rodean, pero cuando leo no puedo evitar verme absorbida, a veces, por sus conversaciones, especialmente cuando no moderan el tono de voz.

Y no dejo de maravillarme ante la capacidad infinita del ser humano para decir estupideces, hacer aseveraciones profundas basadas en suposiciones y mezclarlas en la misma frase y para dar consejos absolutamente descabellados. Asisto al gran teatro de la vida con los ojos bien abiertos y con la humildad de saber que, en la mayoría de casos, son otros observadores los que internamente me juzgan a mí. Que siempre se torea de maravilla desde la barrera.

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