Tengo una amiga que siempre que le enseñan la foto de una niña recién nacida dice “qué inteligente parece” o “tiene cara de que va a ser muy inteligente” y a mi siempre me saca una sonrisa porque esa afirmación tan sencilla es una declaración de intenciones poderosa, al mismo tiempo que es un gesto aparentemente inofensivo, si bien encaminado a cambiar el mundo.

Estamos acostumbrados a que la belleza sea el rasero por el que se mide a los bebés, especialmente a las niñas desde bien pequeñas, como una cadena a la que se le van añadiendo eslabones con el paso de los años, para el resto de sus vidas.

Preocupadas por nuestro aspecto, por nuestro peso, inseguras, anteponiendo muchas veces lo físico incluso a nuestra propia salud, nos dejamos mal aconsejar por millones de estímulos externos que nos incitan a estar siempre perfectas, impecables, maquilladas y peinadas y cumpliendo con los cánones de la moda, la publicidad, el cine y la televisión.
Triste y voluntariamente “esclavizadas”, consumiendo recursos que, si aplicasemos a nuestro intelecto nos harían, en muchos casos, sobresalir de manera excepcional.

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