Una de mis actividades favoritas es ir a la biblioteca. Cualquier biblioteca y todas las bibliotecas.

Las visito por ocio, placer, trabajo, estudio, por su olor, silencio, contenido, cuando viajo, aquí y en otras ciudades y países. No hago distinciones, generales, especializadas, privadas, municipales, universitarias, infantiles, locales, extranjeras, grandes y pequeñas.

Me gustan todas sin excepción y por eso mismo podría hacer una lista igual de extensa de todas las cosas que no me gustan de ellas, podría escribir una lista general e incluso podría hacer listas individualizadas de mejoras que creo que necesitan cada una de las que visito habitualmente.

El otro día decidimos ir a la biblioteca del barrio a buscar libros infantiles para mi hijo y para mi y estaba cerrada. Un día entre semana. Por la tarde. Cerrada.

Ir a la biblioteca es una de nuestras actividades favoritas. Vamos, ojeamos y hojeamos los libros disponibles, elegimos unos cuantos para leer juntos y unos cuantos para que lea yo, practicamos estar en silencio o hablar bajito todo lo posible, mientras yo hago búsquedas en el catálogo y entre las estanterías él me sigue como si de un juego se tratase y, muy hacendoso, traslada los que yo elijo a nuestra mesa, otras veces y en voz menos baja de lo que hemos practicado, me indica sobre qué quiere leer, esta semana gritó a pleno pulmón “¡El Pirata Palo!” y estuvimos un buen rato buceando en las estanterías.
Compartimos un rato intimo y personal en familia que espero, a largo plazo, le haga integrar la lectura y el amor por los libros del mismo modo que cuando leemos en casa. Y estaba cerrada.

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