Nadie cuenta cuentos ya

Sobre literatura infantil y no tan infantil

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Es un libro – It’s a book

En los últimos diez días ha habido tres eventos relacionados con libros que me gustaría destacar:

La semana pasada tuve un desastre tecnológico.

Mi querido y adorado libro electrónico, que me ha acompañado a lo largo de más de 10 años, pasó a mejor vida.

Se rompió la pantalla, probablemente porque lo llevaba en el bolso sin funda, pero no es hora de buscar culpables, sólo de lamentar.

Si soy objetiva, me ha dado un servicio excelente.

He leído, releído y viajado con él. Hasta la saciedad.

Como cliente satisfecho he recomendado, a todo el que ha querido escucharme, que comprase esa misma marca, que se dejase de retroiluminaciones, de pantallas táctiles, de versiones tablet y otras novedades tecnológicas y que se decantasen por la sencillez.

Un libro electrónico.

Tinta electrónica.

Un libro.

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¡Shhh! para el 2020 tenemos un plan

Llevo todo el día haciendo balance mental de lo que ha sido el 2019.

En enero escribí “Buenos propósitos de año nuevo” una especie de propósito general para el año a modo de declaración de intenciones y hoy lo he releído con la esperanza de haber cumplido algo de lo establecido. Estoy satisfecha.
Puedo decir, con orgullo, que he rozado el notable.

Cierro el año con la certeza de que he intentado ser fiel a mis ideales y al menos algo de lo propuesto se ha cumplido.
Y al repasar este año puedo hacer un pequeño resumen:

He leído 54 libros según Goodreads, 11 menos de los que me había propuesto y que conforman un total de 12.297 páginas.

No está mal.

Aunque siendo sincera he leído menos de lo que me habría gustado, arrastrada por la vorágine del cansancio diario y la oferta de series de los canales de pago a los que estoy suscrita. Si bien al menos una de esas series me ha llevado a empezar una nueva saga de libros.
Voy a ir estableciendo, como mínimo, el mismo objetivo de lectura que no he podido cumplir, con el firme propósito de cumplirlo esta vez.

Me he apuntado al gimnasio, tarde, ya era octubre, pero he ido y sigo yendo.

He empezado a ir en bici a diario. He reducido mi consumo de deshechos. He comido más sano, he cocinado más y he comprado menos cosas que no necesito.

He escrito, con esta, 21 entradas en el blog.

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Rana de tres ojos – reciclar y reutilizar

¡Qué buen tiempo hace!

Hemos entrado en invierno oficialmente y la semana pasada disfrutamos de un domingo maravilloso a 23 grados.

Un día estupendo de circo con el pequeño de la casa y de comida de navidad con amigos, los de siempre, los de todos los días.
Un día primaveral, con sol y calor, un día en que nos sobraban las chaquetas y la camiseta interior.
Un día con temperaturas que deberían preocuparnos enormemente, sobre todo porque no ha sido el día más caluroso de diciembre en nuestra ciudad.
Un día que, probablemente, se repita más a menudo de lo que nos gustaría y que debemos entender como una llamada de atención de la naturaleza.

Estamos destruyendo el planeta y es nuestra responsabilidad explicar a las generaciones que vienen qué consecuencias puede acarrear nuestra irresponsabilidad ecológica.

Pertenezco a una asociación cultural y este año hemos decidido que uno de nuestros objetivos ha de ser el reciclaje del 90% de nuestro residuo sólido, así que dicho y hecho, nos hemos puesto manos a la obra y hemos preparado 4 contenedores para empezar con la selección de basuras, hemos repetido hasta la saciedad nuestra intención de dejar de consumir fungibles plásticos y hemos asumido que la parte del aprendizaje ya estaba impartida.

¡Menudo error!

Recoger las mesas de la comida nos demostró que todavía nos queda demasiado camino por recorrer, no sólo por aquellos que no separan, sino por los que se ríen abiertamente de los que si que lo hacemos. Y, sobre todo, por la falta de conciencia general.

Mientras tanto seguimos comentando la temperatura que hace en la calle…

¡Cualquiera diría que estamos en diciembre!

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La vocecita de la conciencia

El otro día fui desagradable con una persona.

De manera gratuita.

Era temprano, estaba esperando un taxi y se colocó delante de mí, con el mismo propósito y a la vista de la luz verde de un vehículo que se aproximaba, salté como si me hubieran presionado un resorte y reclamé la prioridad de posesión de un modo excesivamente agresivo.

En mi defensa podría argumentar que había dormido poco, que era demasiado pronto y que llegaba tarde a coger un tren, pero, en el instante en que vi la cara de estupor de la otra persona, fui consciente de que me había pasado.

Fui demasiado agresiva anticipándome a que la otra persona iba a serlo también, probablemente debido al estilo de la sociedad en que vivimos, sin delicadeza, avasallando antes de que nos pasen por encima, golpeando por miedo a recibir.

Y llevo sintiéndome mal desde entonces, cada vez que me acuerdo.

Es algo que suele pasarme.

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Ser diferentes, ser monstruo rosa

Predicar con el ejemplo.

Algo tan sencillo de decir y tan complicado de hacer.

Nos auto convencemos, como adultos, de que lo más importante es la salud, una alimentación equilibrada, hacer ejercicio, no abusar de azucares y ultra procesados, perpetuar hábitos saludables en nuestros niños y…

Y después repetimos comportamientos aprehendidos a lo largo de los años.

Nos quejamos de nuestro peso delante de ellos, criticamos los cuerpos de los que nos rodean sin importarnos quién estará escuchando,  rechazamos comida perfectamente saludable porque “engorda”, vamos a todas partes en coche cuando sabemos fehacientemente que ese sitio está lo suficientemente cerca como para hacernos un favor a nosotros mismos, y de paso al planeta, e ir andando, y un sinfín de contradicciones que dan vida al dicho “haz lo que digo, no lo que hago”.

Se nos llena el discurso de conceptos como tolerancia, ecología, respeto, diversidad, reciclaje y educación emocional mientras se nos olvida el clásico refranero español, y si bien a veces más vale fijarse en las palabras que en los gestos, son estos últimos los que nos delatan.

Y tiran por la borda nuestros esfuerzos educacionales. Seguir leyendo

Manías… y el dedo en la nariz

Manías, manías manías…

Tan diversas y curiosas como diferentes somos unos humanos de otros.

A menudo decimos que es nuestra “manera de hacer las cosas” y así excusamos nuestras rarezas y yo me pregunto ¿cuál es la diferencia entre una costumbre y una manía?

Mi madre dobla las sábanas y toallas de una manera determinada, el otro día se quejaba en voz alta de que mi padre, que la miraba entre divertido y resignado, siempre conseguía hacerlo al contrario de como se debe y mi duda era ¿hay una manera determinada realmente? ¿Están diseñadas con esa intención?.

¿Y a la hora de hacer la cama? ¿Hay un derecho y un revés en la ropa de cama? ¿El dibujo dentro para que al girar el embozo se vea? ¿Es esto algo del pasado y a la mayoría de los millenials nos suena a cuento chino?

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Madres y ositos terribles

El domingo pasado celebramos en España el día de la madre.

A lo largo de los últimos meses he asistido a varios debates, tanto en foros digitales como físicos, en los que se ha hablado de la vigencia de celebrar este día y el día del padre en las escuelas invirtiendo tiempo en clase para manufacturar regalos, teniendo en cuenta el impacto que estas actividades tienen en algunos niños que pertenecen a nuevos modelos de familia que cada día son más frecuentes y que no se contemplan.

Dicho de otro modo, no todos los niños en edad escolar tienen padre y madre y viven con ellos en felicidad y armonía. Algunos tienen padres separados, les hacen regalos en sus respectivos días, pero hay otros niños que, por la razón que sea ya no tienen padre, o ya no tienen madre, o solo tienen uno de ambos porque esa ha sido su situación familiar desde el principio, o tienen dos madres, o tienen dos padres, o viven en situación de acogida y podría seguir enumerando ejemplos hasta el final de la página.

De todo lo anterior se puede deducir que hacer estas manualidades no es divertido ni placentero para todos los niños, y, a veces, los pone en una situación de estrés o infelicidad temporal que no deberíamos desear para ellos.

Más o menos en las mismas fechas he leído un testimonio de una mujer que, aun deseándolo con todas sus fuerzas e intentándolo por todos los medios disponibles a su alcance, no puede tener hijos.
Y cuenta su proceso de duelo personal que, al mismo tiempo, ha sido un proceso de crecimiento y aceptación de sí misma también.

Y me ha dado qué pensar, claro.

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Feliz Feroz día del libro infantil

Han sucedido muchas cosas en las últimas semanas, algunas importantes y otras típicas de la rutina del día a día pero unas y otras me han mantenido alejada del teclado más de lo que me hubiera gustado. Aunque no de los libros ni la lectura, no os preocupéis, eso nunca.

A veces es complicado escribir, el ánimo o el tiempo disponibles no acompañan y la inspiración no se puede forzar, algo que me sucedió el día de la poesía, cuando entré en una librería con la firme intención de comprar un libro (de poesía) que llevaba tiempo queriendo tener y, sin embargo, salí de allí con un libro de relatos.
Previamente había visitado la biblioteca con la clara intención de coger en préstamo ese famoso libro de poesía y en cambio cargué, con un montón de libros infantiles que, a pesar de mis intenciones, no me han inspirado para escribir tampoco.
Las musas estaban empeñadas en huirme.

Por otro lado ha habido dos eventos que me han marcado significativamente en el último mes y la alegría y la tristeza se entremezclan. Una pareja de amigos ha perdido a una perrita, se escapó y todavía no la han encontrado, de ahí la tristeza.
Tristeza pero también el orgullo de pertenecer a un grupo de amigos que no ha dudado ni por un instante en lanzarse a ayudar a aquellos que nos necesitaban, sin cuestionar lo complicado de la tarea, o el horario intempestivo, poniendo nuestras realidades en pausa para pegar carteles, recorrer zonas por donde ha sido vista, e incluso acudir a una llamada en horario laboral por estar más cerca, porque eso es lo que hace la familia y ellos forman parte de la familia que se elige.

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Feminismo en pequeños pasos – 8 de marzo #diainternacionaldelamujer

Llevo toda la semana queriendo sentarme a escribir.

Mi idea inicial, cuando me planifiqué la semana del 8 de marzo, fue escribir un artículo al día sobre historias de feminismo pero la conjunción de los astros ha hecho que no sólo no haya escrito ni una sola reseña extra esta semana, sino que me plantee las bases sobre las que escribir hoy.

Pienso en las mujeres que me rodean y a las que llamo amigas sin reservas y las admiro.
A cada una de ellas de manera diferente, con sus virtudes y sus defectos, las quiero, las admiro y las respeto porque toman sus propias decisiones, porque eligen como vivir su vida y eso es de admirar.

Respeto por igual a la madre de familia numerosa y a la que ha decidido no serlo y por supuesto admiro a la que sacó a su hijo adelante, sola, con esfuerzo, sudor, lágrimas y sonrisas, que de esas también ha habido.
Respeto a la que se levanta a prepararle el almuerzo a su marido todas las mañanas porque lo hace porque ella quiere, porque tiene un significado personal y porque es libre de elegir no hacerlo, no es una imposición.
Respeto a las que hoy han hecho huelga y a las que no y han decidido acudir a sus puestos de trabajo, porque como todos bien sabemos la huelga es un derecho y una elección personal.

Y supongo que ahí radica la clave de todo, que hemos podido elegir ser el tipo de mujer que queremos ser.

Tenemos elección.

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Aprender a decir ¡No!

No se decir que no.

En general, en mi vida, soy capaz de adquirir los compromisos más peregrinos y de complicarme la vida hasta límites insospechados para llegar a todo, y a todos y echar una mano con aquello que se me pida, en lugar de decir que no.

Ayudar con CVs, búsquedas de trabajo y / o empleados, conectar gente con intereses comunes, hacer recados raros, prestar cosas que en realidad no querría dejarle a nadie, abrir infinidad de veces las cajas de ropa de bebé del pequeño vástago, adelantar dinero para compras de entradas de eventos incluso cuando no me viene bien, hacer disfraces de niños que no son míos, cambiar horarios de trabajo y un largo eccétera de favores, incluso descabellados, por los que, a menudo, no obtengo ni un somero “gracias“.

Ni que decir tiene que, cuando necesito yo un favor, en general no sucede a la inversa, así que la decepción es doble, la de haberme esforzado más de lo que dicta el sentido común y la de no recibir el mismo trato a cambio. 

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