Sobre literatura infantil y no tan infantil

Etiqueta: Educar en igualdad

Algunas niñas siguen queriendo ser princesas – #diadellibro

Llueve en gran parte de España y yo he dormido poco.

Empiezo el día muy temprano entrando a una librería a las 6 y media de la mañana, porque los días como hoy hay que celebrarlos leyendo, visitando librerías y disfrutando de la página escrita en todas sus formas.

Era muy temprano, no había ni amanecido, y yo tenía varios libros entre las manos, intentando decidir a cuál de mis retoños textuales quiero más, cuál representa mejor el día que celebramos, dentro de cuál encontraría la inspiración para hablar desde esta página.

Y mi mente divaga y vuelve una y otra vez a la polémica que vivimos la semana pasada con los libros retirados de una biblioteca , una polémica que se ha alimentado en redes sociales y prensa pero que parte de una base muy sencilla, damos por hecho que los niños no tienen capacidad para la imaginación, que lo que lean ahora les hará perpetuar roles y actitudes hasta la edad adulta. Que no son capaces de salir del texto y escribir su propio futuro, que no aprenden de las moralejas y moralinas, que no ven más allá del espejo que les mostramos.

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Feminismo en pequeños pasos – 8 de marzo #diainternacionaldelamujer

Llevo toda la semana queriendo sentarme a escribir.

Mi idea inicial, cuando me planifiqué la semana del 8 de marzo, fue escribir un artículo al día sobre historias de feminismo pero la conjunción de los astros ha hecho que no sólo no haya escrito ni una sola reseña extra esta semana, sino que me plantee las bases sobre las que escribir hoy.

Pienso en las mujeres que me rodean y a las que llamo amigas sin reservas y las admiro.
A cada una de ellas de manera diferente, con sus virtudes y sus defectos, las quiero, las admiro y las respeto porque toman sus propias decisiones, porque eligen como vivir su vida y eso es de admirar.

Respeto por igual a la madre de familia numerosa y a la que ha decidido no serlo y por supuesto admiro a la que sacó a su hijo adelante, sola, con esfuerzo, sudor, lágrimas y sonrisas, que de esas también ha habido.
Respeto a la que se levanta a prepararle el almuerzo a su marido todas las mañanas porque lo hace porque ella quiere, porque tiene un significado personal y porque es libre de elegir no hacerlo, no es una imposición.
Respeto a las que hoy han hecho huelga y a las que no y han decidido acudir a sus puestos de trabajo, porque como todos bien sabemos la huelga es un derecho y una elección personal.

Y supongo que ahí radica la clave de todo, que hemos podido elegir ser el tipo de mujer que queremos ser.

Tenemos elección.

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Esta no es una reseña navideña ni una reseña infantil.

La navidad me produce ambivalencia afectiva.

Por un lado me encanta y estoy deseando que llegue y me anticipo emocionalmente a todos esos momentos de compartir y ver a la familia y amigos, sobre todo a los que están lejos y vuelven a casa en estas fechas, como el turrón. O en mi caso los polvorones, que es el dulce que verdaderamente me gusta.
Es además una época muy intensa con el pequeño de la casa, que vive maravillado por todo lo que sucede a su alrededor, en un estado de excitación continuo y alerta, creyendo que Papá Noel puede aparecer en cualquier sitio y sin avisar.

Por otra parte me encuentro, más a menudo de lo que me gustaría, deseando que el simulacro de amor y paz se termine para poder volver a mi rutina alimenticia con muchas verduras y a la calma de no intentar que todo el mundo sea feliz.
Me devano los sesos intentando encontrar regalos originales, que hagan felices a los que me rodean, que cumplan con sus expectativas y, si es posible, además echándoles una mano con sus propias compras.

Me vuelvo consumista culpable y sin tiempo, empachada, cansada y malhumorada, gruñona… todo aderezado con villancicos en bucle, que no me puedo quitar de la cabeza. La Navidad saca lo mejor y lo peor de mi, todo a la vez, y me resulta muy confuso.

En resumen, la navidad me estresa.

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Rosa Caramelo – Día internacional de la niña

Me gustan mucho las agendas. Todos los cursos académicos elijo con cuidado cuál voy a utilizar y la actualizo, la consulto y la llevo a todas partes para planificar mi vida, y mi año. Anoto citas médicas, fechas importantes e incluso la lista de la compra a veces.
La de este año es una agenda con citas literarias de literatura fantástica, dibujos inspirados en Harry Potter, Matilda, Peter Pan, El señor de los anillos y fechas especiales y conmemorativas.

Mi agenda dice que hoy es el “Día internacional de la niña” y siempre me ha llamado mucho la celebración de estos días.

¿Por qué existen los días internacionales? Hago una búsqueda rápida en internet y la respuesta de la Organización de las Naciones Unidas es bastante sencilla:  Sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que existe un problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades para que, a través de esa sensibilización, los gobiernos y los estados actúen y tomen medidas o para que los ciudadanos así lo exijan a sus representantes.”

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Los niños y las niñas son extraordinariamente iguales

Leía hace poco una publicación en una conocida página que revindica la “malamaternidad” que dice que sólo 3 de cada 10 lavadoras las pone el hombre.

Cuando supe que estaba embarazada de un niño lo primero que hice fue suspirar de alivio gracias a todos los estereotipos que he absorbido en mis 34 años de vida.
Acababa de aparcar miles de preocupaciones de un plumazo de tipo “La adolescencia de los chicos es más llevadera”, afirmación que, dicho sea de paso y por lo que he preguntado, es completamente falsa (si no me equivoco ellos están igual de perdidos, hormonados y rebeldes que las niñas y, en muchos casos, es una etapa tardía que llega cuando ya no te la esperas), cuando me golpeó la verdadera realidad:

Es mi responsabilidad criar a un niño que se convertirá en un hombre algún día. Y puedo asegurarles que este pensamiento me quita el sueño algunas noches.

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Susan ríe y yo puedo. Y tú también.

Hay cosas que no puedo hacer ¿o si?.

Cuando nos enfrentamos a nuevos retos dudamos de nuestra propia capacidad, sea en tiempo, resistencia o simplemente habilidad. “No voy a poder” se instala como un mantra en nuestro cerebro lastrándonos hacia la inactividad, sobrecogidos por el miedo y la inseguridad.

Hace un año terminé el máster en el que me había inscrito dos años antes totalmente ilusionada. Era principios de mayo de 2015 cuando me comunicaron que estaba aceptada y, ese mismo día y sin dudarlo, formalicé la inscripción realizando el pago.

Tres semanas después me enteré de que estaba embarazada.

¿Hacer un máster y trabajar al mismo tiempo que entraba en el tercer trimestre de embarazo, daba a luz y pasaba esos primeros meses cuidando de un recién nacido? Me entró el pánico y mi cerebro me afirmó rotundamente “No puedes”.

Y si que pude, por supuesto que pude. Adelanté todo el estudio y trabajo posible en los últimos meses de embarazo e hice mi primer examen mientras amamantaba al pequeño retoño y le dictaba las respuestas a su padre, el mayor y mejor animador que pude encontrar en este periplo. Le robé minutos de descanso a las horas escasas para leer, corregir, subrayar y seguir aprendiendo sobre aquello que me apasiona. La literatura infantil y juvenil.
A finales del primer curso académico los dejé, padre e hijo de escasos 6 meses de vida, mano a mano, para mudarme y asistir a las clases presenciales, mientras me rodeaba de magníficos profesores y los estupendos profesionales que fueron mis compañeros. Y seguí aprendiendo y pudiendo. Porque podemos hacer lo que nos propongamos.

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Ricitos de Oso o el dilema tu-tú

A veces me vienen a la cabeza cuentos en mitad de conversaciones de lo mas triviales. Dependiendo de quien sea el interlocutor los recomiendo, o no, igual que dependiendo del interlocutor, contesto lo que verdaderamente siento ante afirmaciones que hacen que me hierva la sangre . Otras veces lo dejo pasar.

Y eso está mal, muy mal, y después, en privado me riño por pensar que, ante determinadas personas, no merece la pena afirmar las propias creencias y distanciarse de la multitud.

Hace unos meses la hija de unos amigos pasó por una “fase tu-tú”, o lo que es lo mismo, solo quería llevar un tu-tú rosa,  le daba igual si sólo o encima la ropa, y mi hijo pidió uno también ¿cómo iba a ser él diferente a su amiga del alma?.
Y le pusimos un tu-tú que otra amiga nuestra tenía a mano y que le regaló. Llegados a este punto quiero aclarar que era rojo, pero nos habría dado igual el color a su padre, a mi o incluso a él, que sólo decía “yo como Mía”.

Y ahí estaban nuestros pequeños vástagos, felices, disfrutando de sus etéreas prendas de baile y haciendo lo que todo ser humano debe hacer cuando lleva uno: bailar, saltar, correr y dar vueltas sobre si mismos, cuando un conocido se aproxima y me espeta un: “me lo vas a amariconar”.

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