“Cuando tenga un hijo no lo trataré así” es una máxima que cada uno de nosotros ha pensado al menos una vez a lo largo de su infancia ante lo que hemos entendido como una negativa, un castigo o un argumento injusto en boca de nuestros progenitores.

Con el tiempo uno crece y esos momentos se diluyen pero en su cabeza, mas o menos, va formando un esbozo de lo que será su perfecto manual de la paternidad y la educación. Y por supuesto se encuentra a años luz del recibido por uno mismo.
Y ese mismo tiempo, implacable, continúa su lento discurrir y un día te miras al espejo de los recuerdos, en mitad de una perorata a tu retoño, y piensas “Mierda, me he convertido en mi madre”.

Y se cierra el ciclo de la vida una vez más.

Ayer, al entrar al mar, se me rompió una de mis cangrejeras. La verdad es que debían tener alrededor de 12 años así que están bien amortizadas y han cumplido su propósito innumerables veranos de salitre, rocas y erizos.  He llevado cangrejeras toda la vida y, ante la tesitura de elegir calzado playero para mi pequeño vástago nunca he tenido la menor duda, cangrejeras como yo, como mis hermanos y mis padres, esas que son patrimonio indeleble de mi infancia.

Sé que hay también otros detalles  que conscientemente he adoptado en ese manual de supervivencia no escrito y al que llamo <<mi manera de educar a mi hijo>> y que son un calco exacto de cosas que hacían conmigo y que poco a poco me acercan, cada vez más, a aquello que dije que nunca sería.

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