La navidad me produce ambivalencia afectiva.

Por un lado me encanta y estoy deseando que llegue y me anticipo emocionalmente a todos esos momentos de compartir y ver a la familia y amigos, sobre todo a los que están lejos y vuelven a casa en estas fechas, como el turrón. O en mi caso los polvorones, que es el dulce que verdaderamente me gusta.
Es además una época muy intensa con el pequeño de la casa, que vive maravillado por todo lo que sucede a su alrededor, en un estado de excitación continuo y alerta, creyendo que Papá Noel puede aparecer en cualquier sitio y sin avisar.

Por otra parte me encuentro, más a menudo de lo que me gustaría, deseando que el simulacro de amor y paz se termine para poder volver a mi rutina alimenticia con muchas verduras y a la calma de no intentar que todo el mundo sea feliz.
Me devano los sesos intentando encontrar regalos originales, que hagan felices a los que me rodean, que cumplan con sus expectativas y, si es posible, además echándoles una mano con sus propias compras.

Me vuelvo consumista culpable y sin tiempo, empachada, cansada y malhumorada, gruñona… todo aderezado con villancicos en bucle, que no me puedo quitar de la cabeza. La Navidad saca lo mejor y lo peor de mi, todo a la vez, y me resulta muy confuso.

En resumen, la navidad me estresa.

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