Miro a mi alrededor, cuando voy en el autobús o andando por la calle, y veo muchos abuelos llevando y recogiendo nietos del colegio o de las extraescolares, dando meriendas y dando la mano por la calle.

Me hace sonreír y recordar cuando era más joven y mi abuelo me esperaba en la puerta del cole, llevando la merienda y la mochila de música, y me acompañaba al conservatorio, donde esperaba hasta que terminaban mis clases, para, de nuevo, acompañarme a casa.

A menudo escucho a gente hacer comentarios sobre situaciones similares y me sorprende la negatividad con la que se habla sobre el papel de los abuelos ayudando a criar a sus nietos.
Se da por hecho que se les impone estas tareas, que los padres de las criaturas abusan de la predisposición a ayudar, que se les exige la crianza de los nietos o incluso que para tener hijos hoy en día hace falta tener abuelos dispuestos.

Me sorprende, ofende y entristece a partes iguales.

Hay gente que se olvida de que quizá, los abuelos estén encantados de pasar un rato con sus nietos, acompañarlos a casa, darles de merendar y formar parte de esa vida diaria

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