Nadie cuenta cuentos ya

Sobre literatura infantil y no tan infantil

Etiqueta: Novela negra

Yo de mayor quiero ser Reina Roja

Me gusta ir en transporte público.

Los que me conocen pensarán “¡Qué mentirosa! Si se pasa el día despotricando del servicio de transporte público de su ciudad” y tienen razón, porque creo que su gestión es desastrosa, pero cuando tengo la suerte de ir en un autobús, a media mañana, con un sol estilo primaveral como el que hacía esta mañana, y con un buen libro para leer durante el trayecto, se me pasan todos los males.

Me gusta ir en transporte público y leer.

Cuando voy por la calle suelo escuchar música, me da el ritmo que necesito para caminar a buen paso y me aísla de los ruidos que me rodean. Suelo llevar cascos de estilo retro, de diadema con almohadillas esponjosas, que me resulten cómodos. Me gusta mucho la música y la elijo en función de mi estado de ánimo, si bien llevo unas semanas escuchando el mismo disco en bucle, de manera obsesiva, porque sus compases se han grabado en mi cerebro y tarareo las canciones sin darme cuenta, incluso cuando la música no está sonando.

Me gusta ir en transporte público y leer sin música.

El inconveniente de ir en autobús leyendo sin música es que a veces me resulta complicado abstraerme de las conversaciones ajenas. Cuando llevo los cascos puestos imagino vidas y situaciones para los pasajeros que me rodean, pero cuando leo no puedo evitar verme absorbida, a veces, por sus conversaciones, especialmente cuando no moderan el tono de voz.

Y no dejo de maravillarme ante la capacidad infinita del ser humano para decir estupideces, hacer aseveraciones profundas basadas en suposiciones y mezclarlas en la misma frase y para dar consejos absolutamente descabellados. Asisto al gran teatro de la vida con los ojos bien abiertos y con la humildad de saber que, en la mayoría de casos, son otros observadores los que internamente me juzgan a mí. Que siempre se torea de maravilla desde la barrera.

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Todo lo peor de nuestra sociedad – Ser gellidista

Hace algún tiempo que dejé de interesarme por las noticias. La prensa, radio y televisión me resultan completamente ajenos a la hora de informarme sobre el estado del mundo.

Me da igual. No me interesa.

Me aburre, deprime, asusta, horroriza y provoca repulsa a partes iguales.

Leo noticias en Twitter pero de pasada, no es la herramienta que utilizo para informarme tampoco. De hecho intento no informarme excepto cuando algún titular capta mi atención y es entonces cuando me lanzo a averiguar qué le está pasando al mundo.

Soy la que pone cara de higo cuando se habla de política, panorama internacional y aún me interesa menos si cabe el fútbol o la prensa del corazón.
Huyo de las noticias compartidas en Facebook y huyo específicamente de todo lo que comparten algunos de mis contactos mientras me pregunto por qué narices aún no los he borrado.

Me mantengo al día de las novedades editoriales, leo artículos científicos y de divulgación sobre literatura y autores, trato de estar al día sobre el panorama cultural en cuanto a estrenos de cine, series, exposiciones y conciertos. Suelo ser la última de mi “timeline” en enterarme cuando hay algún aniversario literario o si, por desgracia, fallece algún autor reconocido en literatura mundial o patria.

He de reconocer que supone un esfuerzo considerable, e incluso sobrehumano a veces, estar enterado de estas noticias mientras esquivo  las otras, las que he mencionado anteriormente, sobre todo el maldito fútbol, que nos lo meten por los ojos y oídos hasta cuando no queremos.

La política me aburre, mismos perros con distintos collares es la expresión que viene a mi mente cuando pienso en el panorama político nacional y el local hace que se me ericen los pelos de la nuca. He de admitir, sin embargo, haberme ilusionado un par de veces en el pasado pensando que el cambio era posible para estrellarme cara a cara con la realidad de este país.

Y huyo, como huyen los gatos del agua, de cualquier noticia que se pueda enmarcar bajo la categoría de suceso. Sobre todo de las que acaparan la atención mediática.
Huyo del morbo y del sensacionalismo, huyo con el estómago encogido y la garganta llena de bilis y me enfado cuando mi círculo cercano se convierte en partícipe del pan y circo que tan a la orden del día están en España.
Me avergüenza pertenecer a un país que hace programas de seguimiento de 24h al día sobre la desgracia ajena simplemente por el placer de aumentar la audiencia, en lugar de respetar el dolor de sus congéneres.

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