A menudo nos enfrentamos a tareas pendientes que pueden parecernos un mundo.

Hay cosas que nos da pereza hacer pero en el fondo subyacen otros sentimientos escondidos a los que asignamos esa etiqueta y puede ser que el esfuerzo requerido no vaya a ser compensado con el resultado, que no sepamos por dónde empezar o que haya otros proyectos que nos parezcan más apetecibles o interesantes.

Necesitamos alicientes para enfrentarnos al día a día o a situaciones puntuales, como ese pastel para el que he comprado todos los ingredientes pero su elaboración requiere mucho tiempo o anoche, sin ir más lejos, que la prioridad para el pequeño de la casa no era ducharse.
¿Nos enfadamos? no, fue cuestión de hacerle cambiar la perspectiva y razonar que, con el mínimo esfuerzo de meterse en la ducha iba a estar más fresco, olería mejor y tendría más tiempo para cenar después viendo la tele.

Y es que la perspectiva de los seres pequeños está distorsionada todo el tiempo, principalmente por el factor tamaño: Todo les parece grande, “mi mamá es muy alta” le escucho decir y sonrío, yo, que apenas llego al 1,56 y entonces me acuerdo de la barandilla de la casa del pueblo de mi bisabuela, que en mi memoria está hecha por columnas enormes y blancas sólo comparables en altura a las del Partenón.

La perspectiva lo es todo para los seres pequeños, no es tarde si ellos no están cansados, es hora de comer cuando tienen hambre y absolutamente siempre es hora de jugar. Leer cuentos es una actividad obligatoria antes de dormir, independientemente de la hora de levantarse al día siguiente o de lo tarde que se nos haya hecho hoy.

Y lo mismo sucede con el amor.

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