El domingo pasado celebramos en España el día de la madre.

A lo largo de los últimos meses he asistido a varios debates, tanto en foros digitales como físicos, en los que se ha hablado de la vigencia de celebrar este día y el día del padre en las escuelas invirtiendo tiempo en clase para manufacturar regalos, teniendo en cuenta el impacto que estas actividades tienen en algunos niños que pertenecen a nuevos modelos de familia que cada día son más frecuentes y que no se contemplan.

Dicho de otro modo, no todos los niños en edad escolar tienen padre y madre y viven con ellos en felicidad y armonía. Algunos tienen padres separados, les hacen regalos en sus respectivos días, pero hay otros niños que, por la razón que sea ya no tienen padre, o ya no tienen madre, o solo tienen uno de ambos porque esa ha sido su situación familiar desde el principio, o tienen dos madres, o tienen dos padres, o viven en situación de acogida y podría seguir enumerando ejemplos hasta el final de la página.

De todo lo anterior se puede deducir que hacer estas manualidades no es divertido ni placentero para todos los niños, y, a veces, los pone en una situación de estrés o infelicidad temporal que no deberíamos desear para ellos.

Más o menos en las mismas fechas he leído un testimonio de una mujer que, aun deseándolo con todas sus fuerzas e intentándolo por todos los medios disponibles a su alcance, no puede tener hijos.
Y cuenta su proceso de duelo personal que, al mismo tiempo, ha sido un proceso de crecimiento y aceptación de sí misma también.

Y me ha dado qué pensar, claro.

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