Los logros de nuestros hijos son el nuevo rasero por el que medimos nuestro éxito como padres.

Han de ser los primeros en alcanzar las diferentes etapas educativas y madurativas como señal de nuestro status como homo padre superior. Nos empeñamos en crear pequeños humanos funcionales en miniatura y nos olvidamos de disfrutar de cada aprendizaje, cada paso hacia adelante, de cada descubrimiento único que nunca más se dará por primera vez.

Al principio son detalles insignificantes que siembran las conversaciones que mantienes con otros padres, en la mayoría de casos son gente a la que conoces de vista, amigos de amigos, conocidos… esta situación no se suele dar entre tu círculo íntimo y generalmente se componen de dos preguntas: edad del infante y actividad/situación que todavía no se da.
Por ejemplo: “¿Cuanto tiempo tiene?” y acto seguido la bomba nuclear en forma de pregunta:  “Ah, ¿que tu hijo aún no come sólidos?”, “¿aún duerme en tu habitación?”, “¿no anda?” y si me apuras preguntan por cosas que no dependen ni de ti ni del retoño, sino de la madre naturaleza como “¿no tiene dientes?”.

Y tú, madre primeriza, perdida en la vorágine de hormonas que alimentan tus inseguridades, luchando por hacerlo todo lo mejor que sabes o que puedes y en muchos casos aprendiendo por el método ensayo-error porque, os digan lo que os digan, cada niño es diferente y lo que funciona con uno no siempre funciona con el tuyo, el de tu amiga, la vecina, una chica que conozco, el segundo o el de la blogger famosa esa, de pronto piensas “ya lo estoy haciendo mal”.

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