No se decir que no.

En general, en mi vida, soy capaz de adquirir los compromisos más peregrinos y de complicarme la vida hasta límites insospechados para llegar a todo, y a todos y echar una mano con aquello que se me pida, en lugar de decir que no.

Ayudar con CVs, búsquedas de trabajo y / o empleados, conectar gente con intereses comunes, hacer recados raros, prestar cosas que en realidad no querría dejarle a nadie, abrir infinidad de veces las cajas de ropa de bebé del pequeño vástago, adelantar dinero para compras de entradas de eventos incluso cuando no me viene bien, hacer disfraces de niños que no son míos, cambiar horarios de trabajo y un largo eccétera de favores, incluso descabellados, por los que, a menudo, no obtengo ni un somero “gracias“.

Ni que decir tiene que, cuando necesito yo un favor, en general no sucede a la inversa, así que la decepción es doble, la de haberme esforzado más de lo que dicta el sentido común y la de no recibir el mismo trato a cambio. 

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