A veces me vienen a la cabeza cuentos en mitad de conversaciones de lo mas triviales. Dependiendo de quien sea el interlocutor los recomiendo, o no, igual que dependiendo del interlocutor, contesto lo que verdaderamente siento ante afirmaciones que hacen que me hierva la sangre . Otras veces lo dejo pasar.

Y eso está mal, muy mal, y después, en privado me riño por pensar que, ante determinadas personas, no merece la pena afirmar las propias creencias y distanciarse de la multitud.

Hace unos meses la hija de unos amigos pasó por una “fase tu-tú”, o lo que es lo mismo, solo quería llevar un tu-tú rosa,  le daba igual si sólo o encima la ropa, y mi hijo pidió uno también ¿cómo iba a ser él diferente a su amiga del alma?.
Y le pusimos un tu-tú que otra amiga nuestra tenía a mano y que le regaló. Llegados a este punto quiero aclarar que era rojo, pero nos habría dado igual el color a su padre, a mi o incluso a él, que sólo decía “yo como Mía”.

Y ahí estaban nuestros pequeños vástagos, felices, disfrutando de sus etéreas prendas de baile y haciendo lo que todo ser humano debe hacer cuando lleva uno: bailar, saltar, correr y dar vueltas sobre si mismos, cuando un conocido se aproxima y me espeta un: “me lo vas a amariconar”.

Seguir leyendo